Esto ocurrió, como la mayoría de los cuentos, en un bosque. Un bosque alejado de la civilización, que abrigaba un precioso riachuelillo en el que bebían animales de fantasía solo cuando una niña pequeña e inocente se acercaba para espiarlos fascinada y luego, tímidamente, intentar acariciar a un ciervo. En este bosque no había niña, pero sí los animales, durmiendo, cazando o fornicando, según el momento del ciclo de la vida en que se encontraran (nos encontramos a media tarde).
Como decía, era una foresta típica de los cuentos. Cuenta una canción sobre un leñador que se internó en este bosque para talar todos los árboles de éste por orden de un rey que había hecho una apuesta con una bruja sobre si el leñador sería capaz de talar el bosque entero en siete días y seis noches. La bruja, como bruja que era y con al picaresca que suele ir acompañado el título cuasinobiliario, le entregó un hacha mágica al leñador para equilibrar la balanza un poco a su favor (se jugaba el trono, una espada mágica y hasta la mano de un principito adolescente con bastantes papeletas para ser el protagonista de unas cuantas canciones cuando cumpliera la mayoría de edad). Al final el leñador le corta la cabeza a la bruja y al rey la barba, y la canción termina con una típica moraleja sobre el respeto a la naturaleza y a nuestros patrimonios naturales (y con una métrica excelente). A lo que iba, en todas las tabernas de la región se sabe que el bosque cuenta con mil y un gigantes arbóreos (ni uno más ni uno menos, la métrica lo exigía, y el viento y demás mecanismos naturales de dispersión genética deben respetarlo).
También cuenta una leyenda de las aldeas de las montañas que ese es un bosque sagrado donde, el único lugar de las tierras de los mortales donde los dioses permiten crecer la flor que los dota de inmortalidad. Pero no son gratis, pues cuentan también que hay un ogro lobo de cuatro brazos custodiando el claro más profundo del bosque, donde crecerían las supuestas flores. Casualmente, el ogro lobo también aparecía en la canción del leñador, y perdía un brazo por el hacha mágica (en la canción nadie habla de las flores y de si el leñador consiguió coger alguna).
Y ahora comienza la historia.
Erase una vez que se era, un humilde campesino que acudió, como todos los finales de mes, al mercado de la ciudad para vender sus quesos. El lugar estaba abarrotado de gente, ese día más que las otras veces que él recordaba, y llevaba viniendo con su abuelo desde que aprendió a sostenerse en pie.
Como siempre, buscó el tenderete rojo más cercano a la fuente de la plaza, pues allí era donde mejor le compraban el queso siempre que venía, y él prometía siempre volver a su puesto el primero con su carretilla para vender al comerciante sus mejores quesos antes que a nadie.
No había nadie. Ni siquiera el tenderete rojo. Seguramente estuviese enfermo, o se hubiera entretenido más de lo habitual con algún negocio en alguna aldea cercana. Había más mercaderes en el mercado, así que siguió dando vueltas hasta pararse en un tenderete de tela negra y un joven atendiendo. Tenían mucho embutido, así que trucó unas cuantas ruedas de queso por su equivalente (apalabrado y con algún regateo) en derivados porcinos, y con la sensación de haber hecho un buen negocio, siguió paseando por la plaza.
Cuando ya se ocultaba el sol, había vendido la mayor parte de la mercancía, y muy satisfecho de sí mismo, aparcó la carreta en el establo de una taberna y pidió comida y cama para una noche. Normalmente no tardaba tanto en vender sus productos, porque aquel mercader del tenderete rojo le compraba la mayoría y poco después de la hora de la comida ya se iba a casa. Pero había tenido que regatear por primera vez con mucha gente desconocida que intentó engañarle un poco, como todo negociante, y la cosa se alargó hasta casi el anochecer. Muy pocas veces había tenido que quedarse a dormir en el pueblo, y no se atrevía a salir con la carreta de noche.
La taberna estaba abarrotada, y solo encontró sitio para sentarse en una mes ya ocupada, en una esquina de la sala, donde solo había una anciano comiendo un plato de sopa de ajo y pan. Educadamente, le pidió permiso para sentarse a su mesa, y el anciano le respondió que si le pagaba la humilde cena, éste le dejaría sentarse a su más humilde mesa y le haría un regalo.
El campesino accedió, pues las ganancias de aquel día excedían con mucho el precio de una triste sopa, y aquel pobre anciano le daba lástima. Charlaron sobre el tiempo y las fiestas de la cosecha que estaban por llegar, y al levantarse el campesino para irse a su habitación el anciano le extendió un trozo de pergamino arrugado. Y sin mediar palabra, también se levantó y salió de la posada corriendo, a la fría noche.
Y a la luz de las velas en su habitación de posada, el campesino descubrió que tenía en sus manos un mapa. Un mapa de un árbol de monedas en algún lugar del bosque que había siguiendo el río abajo. No podía ser falso, pues el papel del pergamino era más antiguo que el mismo anciano.
Y como esto es un cuento, el campesino fue raudo al día siguiente al bosque del mapa, sin sospechar que pudiera se runa trampa, o un tipo, o una fantasía de un viejo senil.
Llegó a una claro, lleno de flores rojas bastante llamativas, pero después de pisotear algunas, se acercó al árbol de piezas de oro y, al coger una...
Un rayo le alcanzó, y ese fue el final del bosque, que se incendió junto a los bellos animales, las flores y el ogro lobo que se acercaba a la espalda del campesino.
sábado, 25 de agosto de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
Uroboros
Te voy a contar una historia.
Trata sobre un bosque y un señor, que vivía aislado entre olmos y flores, y se protegía de los males humanos con un ejército de animales.
-Esa ya me la has contado, abuelo.
Hmm... ¿y qué te parece la de la tortuga que aprendió a volar?
-También me la sé, y cada vez la cuentas con un final distinto, porque ya casi ni te acuerdas...
Ohh, no seas duro con tu pobre abuelo, que su memoria ya no es lo que era... ¿y la de cómo se formó la luna?
-Aburrida.
¿La de Kvothe?
-Muy larga.
¿La de cómo conocí a un descendiente del mismo Hércules en uno de mis viajes a las montañas griegas?
-Pierde la gracia cuando creces.
Ninguna historia pierde la gracia al crecer uno. Son los hombres de corazón viejo lo que dejan de vérsela. Y yo tengo un corazón muy joven, y por eso puedo seguir contando historias. Y no te atrevas a volver a negarme que conocí a Hércules, porque no estuviste allí.
-Síii, abuelo...
...
-Cuéntame aquella de cuando te rescataron volando de una montaña.
¿La del pájaro de hierro que me salvó después de ser derrotado por Lorenzo el Magnífico en la Cima de los Espíritus?
-Mamá dice que solo te rescató un helicóptero cuando te dio un golpe de calor subiendo un monte de Dénia porque no llevabas gorra.
Tu madre no lee lo suficiente, ha perdido el toque poético tan dulce que tenía de niña...
-Mmm... ¿Entonces qué historia me vas a contar?
Con lo exigente que te estás poniendo esta noche, empiezo a dudar de que me queden más historias que contarte.. ¿y si me cuentas tú una a mí?
-Yo no me sé ninguna, abuelo..
No me has contado una mentira tan grande en toda tu corta vida. Un niño como tú se sabe cuentos de historias, y no tienes que buscarlas en tu joven memoria. Solo mira a tu alrededor.
-¿Qué?
Las mejores historias surgen sin buscarlas. Aparecen en las noches de luna llena, después de los amaneceres románticos o durante los cumpleaños de un nieto favorito. Son esas historias las más dignas de contar, porque son la verdad, la prueba del verdadero prisma que hace girar el mundo delante de nuestros propios ojos. No hace falta buscar aventuras, pues estas llegan solas, atraídas por los corazones románticos que todavía creen en las estrellas y en el fuego que hay en el alma de cada hombre.
-Mmm...
Y dentro de algunos años, y espero que muchos, le contaré a tu hermanita esta conversación que acabamos de tener, y la historia de cómo mi joven nieto me contó, a mí, su primera historia, en una noche estrellada delante de un fuego, antiguo como los propios dioses del bosque, y de cómo la Tortuga Sonriente se paró en el firmamento para escuchar con atención un momento tan importante, y los búhos callaron, y los nobles caballeros gnomos se asomaron entre las briznas de hierba bajo un roble para presenciar tan mágico momento, el de la primera vez que un joven miraría en su corazón para darle una alegría al trotamundos de su abuelo.
Y el chico empezó a hablar, y no entendió porqué ni de dónde le salieron las palabras hasta que tuvo la edad de su abuelo, y se sentó bajo el mismo roble con su nieta, bajo la misma luna y bajo la mirada de los mismos testigos.
Y un fuego más antiguo que la tierra.
Para ti, que sin abrir los ojos, eres capaz de ver el mundo como realmente es. Y de admirar su misterio. Pues solo moriréis realmente cuando dejéis de sorprenderos.
Trata sobre un bosque y un señor, que vivía aislado entre olmos y flores, y se protegía de los males humanos con un ejército de animales.
-Esa ya me la has contado, abuelo.
Hmm... ¿y qué te parece la de la tortuga que aprendió a volar?
-También me la sé, y cada vez la cuentas con un final distinto, porque ya casi ni te acuerdas...
Ohh, no seas duro con tu pobre abuelo, que su memoria ya no es lo que era... ¿y la de cómo se formó la luna?
-Aburrida.
¿La de Kvothe?
-Muy larga.
¿La de cómo conocí a un descendiente del mismo Hércules en uno de mis viajes a las montañas griegas?
-Pierde la gracia cuando creces.
Ninguna historia pierde la gracia al crecer uno. Son los hombres de corazón viejo lo que dejan de vérsela. Y yo tengo un corazón muy joven, y por eso puedo seguir contando historias. Y no te atrevas a volver a negarme que conocí a Hércules, porque no estuviste allí.
-Síii, abuelo...
...
-Cuéntame aquella de cuando te rescataron volando de una montaña.
¿La del pájaro de hierro que me salvó después de ser derrotado por Lorenzo el Magnífico en la Cima de los Espíritus?
-Mamá dice que solo te rescató un helicóptero cuando te dio un golpe de calor subiendo un monte de Dénia porque no llevabas gorra.
Tu madre no lee lo suficiente, ha perdido el toque poético tan dulce que tenía de niña...
-Mmm... ¿Entonces qué historia me vas a contar?
Con lo exigente que te estás poniendo esta noche, empiezo a dudar de que me queden más historias que contarte.. ¿y si me cuentas tú una a mí?
-Yo no me sé ninguna, abuelo..
No me has contado una mentira tan grande en toda tu corta vida. Un niño como tú se sabe cuentos de historias, y no tienes que buscarlas en tu joven memoria. Solo mira a tu alrededor.
-¿Qué?
Las mejores historias surgen sin buscarlas. Aparecen en las noches de luna llena, después de los amaneceres románticos o durante los cumpleaños de un nieto favorito. Son esas historias las más dignas de contar, porque son la verdad, la prueba del verdadero prisma que hace girar el mundo delante de nuestros propios ojos. No hace falta buscar aventuras, pues estas llegan solas, atraídas por los corazones románticos que todavía creen en las estrellas y en el fuego que hay en el alma de cada hombre.
-Mmm...
Y dentro de algunos años, y espero que muchos, le contaré a tu hermanita esta conversación que acabamos de tener, y la historia de cómo mi joven nieto me contó, a mí, su primera historia, en una noche estrellada delante de un fuego, antiguo como los propios dioses del bosque, y de cómo la Tortuga Sonriente se paró en el firmamento para escuchar con atención un momento tan importante, y los búhos callaron, y los nobles caballeros gnomos se asomaron entre las briznas de hierba bajo un roble para presenciar tan mágico momento, el de la primera vez que un joven miraría en su corazón para darle una alegría al trotamundos de su abuelo.
Y el chico empezó a hablar, y no entendió porqué ni de dónde le salieron las palabras hasta que tuvo la edad de su abuelo, y se sentó bajo el mismo roble con su nieta, bajo la misma luna y bajo la mirada de los mismos testigos.
Y un fuego más antiguo que la tierra.
Para ti, que sin abrir los ojos, eres capaz de ver el mundo como realmente es. Y de admirar su misterio. Pues solo moriréis realmente cuando dejéis de sorprenderos.
domingo, 29 de enero de 2012
La venganza de Gaia
Y aquel cuervo graznó.
No quiso que se notara la inquietud que le había producido el sonido de ese sucio pajarraco. Tenía que parecer seguro de sí mismo delante del director y el resto de accionistas. Aquella era una oportunidad única, que tardaría muchos años en volver a presentarse si la desperdiciaba, en caso de volver a presentarse. Se había pasado meses y meses lamiéndole el culo a ese viejo verde de Mendoza para que le considerara en su círculo de lameculos particulares a los que lanzar un hueso de vez en cuando a cambio de hacerle sentir importante. El hueso en cuestión era invitarlo a unas de las partidas de caza privadas del Presidente y algunos miembros del consejos de accionistas. El cerebro del banco en el que llevaba años ascendiendo. Si conseguía caerles bien, mostrarse como un emprendedor con capacidad de liderazgo, tenacidad, iniciativa e hipoputismo para pasar por encima de cualquier competencia que se interpusiera en el camino del consejo del dirección, lograría que le nombraran protector del baluarte que eran sus beneficios anuales. Perdió los escrúpulos para poder desahuciar a familias numerosas sin siquiera mirarles a los ojos, no los iba a tener tampoco a la hora de pegarle un tiro en el culo a una jodido ciervo. Y qué coño, luego se lo iba a comer. Qué hambre tenía después de pasarse toda la mañana desde temprano pateando el monte con un montón de viejos obesos cuasifascistas. Ese ciervo lo iba a pagar.
Unos meses después, rememorando el suceso, no logró discernir el porqué de empanarse en medio de una bajada repasando sin necesidad alguna unas motivaciones que habían arraigado en su ser desde poco antes de terminar primaria. Fue por esos instantes de distracción por lo que se desencadenó todo.
Inmerso en sus cavilaciones, resbaló con una piedra, se deslizó de culo sobre las tierra levantada hasta cinco metro ladera abajo, atropellando a directores de marketing y recursos humanos junto al contable jefe de la cuarta planta y el presidente, se le cayera a este el rifle sin seguro al suelo y le abriera un nuevo ano a un encargado de contratación.
La cosa no habría llegado a mayores si el accidente no les hubiese ocurrido en un parque nacional protegido (el único lugar en las inmediaciones de la ciudad con ciervos). Cuando llegaron la ambulancia y los correspondientes agentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado a repartir multas a diestro y siniestro, a un inspector cabrón se le ocurrió indagar en las sospechosas operaciones de la entidad bancaria. Hoy se encontraba en la cola del paro rememorando el primer y último día de caza de su vida.
Por el cuervo de los cojones.
No quiso que se notara la inquietud que le había producido el sonido de ese sucio pajarraco. Tenía que parecer seguro de sí mismo delante del director y el resto de accionistas. Aquella era una oportunidad única, que tardaría muchos años en volver a presentarse si la desperdiciaba, en caso de volver a presentarse. Se había pasado meses y meses lamiéndole el culo a ese viejo verde de Mendoza para que le considerara en su círculo de lameculos particulares a los que lanzar un hueso de vez en cuando a cambio de hacerle sentir importante. El hueso en cuestión era invitarlo a unas de las partidas de caza privadas del Presidente y algunos miembros del consejos de accionistas. El cerebro del banco en el que llevaba años ascendiendo. Si conseguía caerles bien, mostrarse como un emprendedor con capacidad de liderazgo, tenacidad, iniciativa e hipoputismo para pasar por encima de cualquier competencia que se interpusiera en el camino del consejo del dirección, lograría que le nombraran protector del baluarte que eran sus beneficios anuales. Perdió los escrúpulos para poder desahuciar a familias numerosas sin siquiera mirarles a los ojos, no los iba a tener tampoco a la hora de pegarle un tiro en el culo a una jodido ciervo. Y qué coño, luego se lo iba a comer. Qué hambre tenía después de pasarse toda la mañana desde temprano pateando el monte con un montón de viejos obesos cuasifascistas. Ese ciervo lo iba a pagar.
Unos meses después, rememorando el suceso, no logró discernir el porqué de empanarse en medio de una bajada repasando sin necesidad alguna unas motivaciones que habían arraigado en su ser desde poco antes de terminar primaria. Fue por esos instantes de distracción por lo que se desencadenó todo.
Inmerso en sus cavilaciones, resbaló con una piedra, se deslizó de culo sobre las tierra levantada hasta cinco metro ladera abajo, atropellando a directores de marketing y recursos humanos junto al contable jefe de la cuarta planta y el presidente, se le cayera a este el rifle sin seguro al suelo y le abriera un nuevo ano a un encargado de contratación.
La cosa no habría llegado a mayores si el accidente no les hubiese ocurrido en un parque nacional protegido (el único lugar en las inmediaciones de la ciudad con ciervos). Cuando llegaron la ambulancia y los correspondientes agentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado a repartir multas a diestro y siniestro, a un inspector cabrón se le ocurrió indagar en las sospechosas operaciones de la entidad bancaria. Hoy se encontraba en la cola del paro rememorando el primer y último día de caza de su vida.
Por el cuervo de los cojones.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
LEO-142
Tengo miedo.
Eso me dijo mi abuelo la noche que zarpamos. Bueno, esta noche. Bueno, no, hará ya cuarenta años de aquello. Pero puedo afirmar que no he vuelto a ver un amanecer desde que aquel "día" nos adentramos más allá de la órbita de la luna en dirección a la nebulosa de Cáncer.
Yo no tenía claro por entonces porqué nos íbamos. Escuchaba a mi madre y a mi abuelo hablar sobre industria, guerra, enfermedad, esclavitud. No recuerdo de la vieja Tierra más que estar jugando a la pelota con un niño con gorro de lana rojo cerca detrás del Hospital Público abandonado (que cerraron cuando mi abuelo era niño, de los últimos gratuitos para el ciudadano solía soltar en sus peroratas diarias).
Bueno, debía tener ocho años cuando escuché a mi abuelo decirle eso a mi madre, en voz muy baja, convencidos los dos de que dormía. Mi abuelo, el gran abuelo, tan fuerte y valiente, de duro carácter, que siempre nos había protegido. Tenía miedo. Yo también.
Fingí dormir para no perderme el momento en que aceleráramos. La nave dio un par de bandazos, y mi abuelo maldijo por lo bajo que los mercados no nos dejarían pasar de la órbita, peor mi madre le agarró la mano, me acarició los cabellos y tranquilizó al abuelo como si él también fuera su retoño. Ella era y sigue siendo la persona más valiente que he conocido.
Por fin, conseguí vi por el gran ojo de buey las grandes minas de minerales de la luna. Me parecía increíble que de verdad alguna vez hubiera sido redonda. A lo mejor lo era cuando padre murió allí. Apenas puedo verlas durante un minuto.
Hoy sé que fue en ese instante, pasada la frontera electromagnética de los dispositivos de seguridad de la Guardia Mercantil, cuando encendieron el motor de neutrinos y alcanzamos velocidades supralumínicas.
Hoy sé que aquel "día" una flota de 231 naves intentó escapar de la Tierra. Entre los disparos durante todo el trayecto hasta la luna, las naves que se perdieron o directamente se desintegraron durante el salto, las que sufrieron alguna avería grave a lo largo de estos años o las tripulaciones de las cuales se han suicidado colectivamente a causa de la desesperanza... Sólo queda esta.
Hacía años que no veía a mi madre tan animada. Casi parece que entiende lo que ocurre a su alrededor. No para de mirar el ojo de buey del camarote. Sabe que hoy hay algo especial que ver. Una gran esfera azulada eclipsando una blanca estrella. Nuestro primer amanecer en décadas. Terminó la gran noche.
![]() |
| Un nuevo hogar |
Feliz año 2184, abuelo.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Hijo de San Jorge
Érase una vez que se era, un hombre pegado a un escudo oxidado. En realidad era una caballero, mas no se sabía bajo qué emblema luchaba ni contra quién. Se deducía que luchaba porque iba armado, y no era un jinete libre porque lucía un blasón en el escudo. Pero tan oxidado estaba este que no se distinguía la heráldica. Apenas unos trazos se intuían.
Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.
Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.
Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.
Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.
El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.
Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.
Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.
Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.
Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.
Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.
Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.
Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.
Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.
El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.
Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.
Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.
Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.
Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.
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