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sábado, 29 de septiembre de 2012

Encélado Park

Qué tortura de trayecto. Los niños gritando y correteando por la cápsula, peleándose por una gorra que el mayor decía que le había quitado el pequeño, pero que en realidad habían cogido de la papelera de la estación. Y ella leyendo cotilleos en la pantalla de la pulsera, pasando olímpicamente de todo, como siempre.

Y encima todo ese viajecito lo pagaba él, por supuesto. Era un regalo de su mujer para él y para los niños, pero un parque de atracciones solo lo iban a disfrutar los niños, y encima el dinero de su mujer provenía de la asignación mensual que él le daba para sus caprichos, así que indirectamente él había pagado para pasarse un fin de semana con los niños correteando lejos de su sofá de masaje láser...

Se hartó, les pegó un grito a los niños, y se se sentaron dócilmente junto a la madre. El resto de pasajeros, que antes no le miraban, ahora lo hacían como si él fuera la primera atracción del parque.

Entonces la cabina empezó a pitar, se activaron automáticamente los flujos de autogravedad de seguridad  de los asientos, una voz electrónica en otro idioma empezó a soltarles seguramente alguna perorata sobre seguridad en viajes extraorbitales y protocolos de emergencia en caso de accidente.

Entonces se abrieron las planchas metálicas que tapaban los cristales de la cápsula. Solo se veía un gigantesco anillo de hielo, y en el interior de éste, las estrellas desafiantes. Estaban en el interior de...

WELCOME TO THE BLIZZARD VULCANO. WE HOPE YOU ENJOY YOUR VISIT.

Y la cápsula fue disparada en medio de una erupción de agua y hielo hacia el espacio, a varios cientos de kilómetros por hora, entre destellos de cristales y estrellas, hasta el infinito y más allá.

Fue la primera vez en muchos años que su mujer lo vio reír, y volvieron al parque todos los veranos durante muchos, muchos años, con y sin los niños, con y sin los nietos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LEO-142

Tengo miedo.

Eso me dijo mi abuelo la noche que zarpamos. Bueno, esta noche. Bueno, no, hará ya cuarenta años de aquello. Pero puedo afirmar que no he vuelto a ver un amanecer desde que aquel "día" nos adentramos más allá de la órbita de la luna en dirección a la nebulosa de Cáncer.

Yo no tenía claro por entonces porqué nos íbamos. Escuchaba a mi madre y a mi abuelo hablar sobre industria, guerra, enfermedad, esclavitud. No recuerdo de la vieja Tierra más que estar jugando a la pelota con un niño con gorro de lana rojo cerca detrás del Hospital Público abandonado (que cerraron cuando mi abuelo era niño, de los últimos gratuitos para el ciudadano solía soltar en sus peroratas diarias).

Bueno, debía tener ocho años cuando escuché a mi abuelo decirle eso a mi madre, en voz muy baja, convencidos los dos de que dormía. Mi abuelo, el gran abuelo, tan fuerte y valiente, de duro carácter, que siempre nos había protegido. Tenía miedo. Yo también.

Fingí dormir para no perderme el momento en que aceleráramos. La nave dio un par de bandazos, y mi abuelo maldijo por lo bajo que los mercados no nos dejarían pasar de la órbita, peor mi madre le agarró la mano, me acarició los cabellos y tranquilizó al abuelo como si él también fuera su retoño. Ella era y sigue siendo la persona más valiente que he conocido. 

Por fin, conseguí vi por el gran ojo de buey las grandes minas de minerales de la luna. Me parecía increíble que de verdad alguna vez hubiera sido redonda. A lo mejor lo era cuando padre murió allí. Apenas puedo verlas durante un minuto. 

Hoy sé que fue en ese instante, pasada la frontera electromagnética de los dispositivos de seguridad de la Guardia Mercantil, cuando encendieron el motor de neutrinos y alcanzamos velocidades supralumínicas.

Hoy sé que aquel "día" una flota de 231 naves intentó escapar de la Tierra. Entre los disparos durante todo el trayecto hasta la luna, las naves que se perdieron o directamente se desintegraron durante el salto, las que sufrieron alguna avería grave a lo largo de estos años o las tripulaciones de las cuales se han suicidado colectivamente a causa de la desesperanza... Sólo queda esta.

Hacía años que no veía a mi madre tan animada. Casi parece que entiende lo que ocurre a su alrededor. No para de mirar el ojo de buey del camarote. Sabe que hoy hay algo especial que ver. Una gran esfera azulada eclipsando una blanca estrella. Nuestro primer amanecer en décadas. Terminó la gran noche.
Un nuevo hogar

Feliz año 2184, abuelo.

sábado, 21 de mayo de 2011

Space Opera

-¿...y le he contado la historia de esta otra?
-Sí, la de... ¿las borlas verdes? No, creo que n...
-De la campaña de Kronus. Verás, fue una historia graciosa, perdí a mi escuadra cerca de una baliza deshechada...
-¡Uy! ¡Qué tarde es! Lo siento, me ha encantado escuchar las maravillosas historias de tus condecoraciones, pero me esperan en el...
-¡Pero si iba a llegar a la parte del tyránido de dos cabezas!
-Ya, perdona, estaba ansiosa por escucharla, pero ya me la contarás otro día... Oh, creo que casi no dará tiempo, porque en pocas horas llegamos al planeta Bob, y... ya te llamaré.- Y dejando al joven veterano aún con la boca llena, se dio la vuelta, y de camino al comedor 3 se fue apartando los trocitos de gamba masticada del vestido.

La verdad era que odiaba esos viajes. Se veía obligada a entablar conversación con toda clase de militares machotes, maleducados, vanidosos y pusilánimes que lo único que querían era llevársela a su camarote unos diez minutos (seguro que tardaban menos en cagarse encima cuando disparaban a matar a alguna especie herbívora indígena de tantos planetas vírgenes que se dedicaban a arrasar en por de la "expansión") para luego presumir de otra medallita con sus amigos oficiales.

¿Pero qué podía hacer? Amaba su trabajo, y esa era una de las pequeñas pegas necesarias, pero que no llegaban a entorpecer la placentera satisfacción que sentía al trabajar en los cruceros espaciales más lujosos del sistema Centauri. Valía la pena calentarles la bragueta a unos cuantos niñatos con pistolitas láser con tal de cumplir su sueño.

De camino al Salón Magno, se cruzó con el mismísimo capitán rodeado de algunos de sus ingenieros, que la saludaron efusivamente mientras ella les derretía con un simple y vacío guiño del ojo inclinando el cuello hacia la izquierda y sonriendo (ese gesto era su seña de identidad, la pose que la engrandecía en los carteles y la propaganda de planetas enteros).

¡Mierda! Se había dejado los pendientes en el camarote. Torció corriendo por el siguiente pasillo, y se coló por los pelos en un ascensor a punto de cerrarse.

-¡Oh! ¡Michelle Vorga! ¡Qué alegría, yo y mi marido somos grandes fans! Ahora mismo nos íbamos al Salón Magno para...-el ascensor paró en la 17ª planta, y Vorga salió corriendo sin dedicarle una mirada a aquella anciana. No podía llegar tarde al Salón Magno.

Abrió de un golpe la compuerta del camerino, y revolvió toda la mesilla de noche buscándolos. ¡Y ahí estaban los pendientes! Unos sencillos aros de obsidiana barata que le regaló su madre hace ya casi tres años antes de despedirse en aquel espaciopuerto dejado de la mano de Dios. Y vio en el cajón una amarillenta página arrancada de aquel libro de Fredric Brown que le solía leer su padre de niña, con su fragmento favorito:

"Escapar... bien sabe Dios que necesitamos escapar de esta pequeñez. la necesidad de escapar ha motivado prácticamente todo lo que ha hecho el ser humano en cualquier sentido que no sea el de la satisfacción de sus apetitos físicos. Lo ha llevado por caminos extraños y sublimes. Lo ha llevado al arte y a la religión, al ascetismo y a la astrología, al baile y a la bebida, a la poesía y a la locura. Todas ellas eran formas de escapar, porque no conocía, hasta hace poco tiempo, la verdadera dirección de la huida: hacia fuera, hacia el infinito y la eternidad, lejos de esta pequeña superficie plana aunque redondeada en la que nacemos y morimos, de esta mota en el sistema solar, de este átomo en la galaxia.

Pensé en el futuro remoto, en las cosas que conseguiríamos, y descarté mis conjeturas más disparatadas por insuficientes. ¿La inmortalidad? Alcanzada en el decimonoveno milenio después de cristo y descartada en el vigesimotercero por haberse vuelto innecesaria. ¿La inversión de la entropía, para rebobinar el universo? Obsoleta tras el descubrimiento del nolanismo y la relación concurrente del calco de segundo orden. ¿Suena descabellado? ¿Y cómo le habría sonado la palabra cuántico, o el concepto de la transformación de materia en energía, a un neanderthal? Para nuestros descendientes de dentro de cien mil años somos neanderthales. Nuestras elucubraciones más desquiciadas se quedarían cortas antes lo que harán y lo que serán.

¿La estrellas? Sí, desde luego. Tendrán las estrellas.

Había anochecido.
-¿Qué hora es, tío Max?
-Faltan cuatro minutos.
Los focos se apagaron, y se extendió el silencio. Miles de personas que conteníamos la respiración.

Oh, Dios, Ellen, si pudieras estar aquí conmigo, contemplar el despegue de nuestro cohete. Nuestro cohete, pero más tuyo que mío. Moriste por él.

Aquí, esperando a oscuras, conteniendo la respiración, me siento minúsculo ante él y ante ti, ante el hombre y su futuro, ante Dios, en caso de que exista un dios antes de que la humanidad ocupe su puesto"


No sabía porqué se había parado a releer aquel pasaje con la prisa que tenía. Pero alguna lágrima se le derramó por el camino al Salón Magno. Y al abrirse las compuertas, los aplausos. Subió con paso digno y elegante al escenario. Y unas notas de cristal del piano la invitaron a comenzar.

Y cantó. Cantó con voz rotunda e inquebrantable, melodiosa y salvaje, cantó a su público, a aquella nave, a la colonización, a la guerra, a los pusilánimes y a los soñadores. Cantó a las nebulosas, cúmulos de color y belleza cuasieterna en medio de la oscuridad infinita. Cantó a los anillos de hielo, a los cometas y planetas. Cantó a las constelaciones que habían hecho soñar a sus ancestros.

Cantó al romanticismo, a la aventura y al descubrimiento. Cantó a las fronteras quebradas, al conocimiento del hombre y al ligero parpadeo de su existencia en el universo. Cantó al infinito, a la eternidad.

Cantó a las estrellas, su destino.

Y con la voz a punto de quebrársele, cantó el último fragmento de la pieza por sus padres.

Y los aplausos eufóricos ahogaron la sinfonía del cosmos, en aquel silencio infinito que los separaba de cualquier rincón de vida en miles y miles de kilómetros, elevando a Vorga hacia los confines del firmamento.

Valió la pena por tener las estrellas.



P.D.: Mi más sincero respeto y agradecimientos póstumos a Fredric Brown, y su Las estrellas desafiantes. Porque ya huyó hace tiempo de este universo de locos.