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sábado, 8 de septiembre de 2012

Ataúd de segunda mano

El traje era de calidad, eso seguro. Era hecho a medida, se notaba por lo ceñido que iba al cuerpo, destacando los hombros y la zona de los pectorales, apretándose por la zona de la cintura para acentuar la figura del portador. Tenía bastante clase, de ese color gris plateado tan moderno y rayas negras verticales muy final que decían algunos que daban sensación de altura a quién las miraba. Y los zapatos. Negro reluciente, hacías bellísimas las llamas del mechero al reflejarse en ellos. Por supuesto, los zapatos hacían juego con unas gafas de sol de esas de policía motero americano que tanta autoridad daban. Y con la corbata, con un broche de cristal claro enganchado que resaltaba como una estrella en medio de un océano de ébano líquido.

Y la flor, qué decir de la flor. Era el toque vital de estilo que coronaba una combinación de por sí espléndida, fabulosa y clásica. Roja como la sangre, en la solapa izquierda de la americana del traje, justo sobre el corazón, parecía una extensión de éste, como un brazo que estirara para agarrar aquello que deseaba del mundo terrenal, o atraerlo hacia sí con ese color tan vivo y esos pétalos tan grandes, tan salvajes.

La camisa era blanca. A veces la sencillez es más que suficiente.

Todo esto, en conjunto, hacía del individuo que llevaba un traje un completo señor, un caballero, un gentlemen como decían en las altas esferas.
Sin duda era preferible compartir espacio con aquel elegante huesudo a que Don Carbonara hubiera elegido la tumba de algún patán jornalero para que liquidara su deuda. La llama del mechero empezó a reducirse, la luz fue atenuándose, y con ella, el oxígeno.

lunes, 12 de marzo de 2012

Uroboros

Te voy a contar una historia.


Trata sobre un bosque y un señor, que vivía aislado entre olmos y flores, y se protegía de los males humanos con un ejército de animales.
-Esa ya me la has contado, abuelo.
Hmm... ¿y qué te parece la de la tortuga que aprendió a volar?
-También me la sé, y cada vez la cuentas con un final distinto, porque ya casi ni te acuerdas...
Ohh, no seas duro con tu pobre abuelo, que su memoria ya no es lo que era... ¿y la de cómo se formó la luna?
-Aburrida.
¿La de Kvothe?
-Muy larga.
¿La de cómo conocí a un descendiente del mismo Hércules en uno de mis viajes a las montañas griegas?
-Pierde la gracia cuando creces.
Ninguna historia pierde la gracia al crecer uno. Son los hombres de corazón viejo lo que dejan de vérsela. Y yo tengo un corazón muy joven, y por eso puedo seguir contando historias. Y no te atrevas a volver a negarme que conocí a Hércules, porque no estuviste allí.
-Síii, abuelo...
...
-Cuéntame aquella de cuando te rescataron volando de una montaña.
¿La del pájaro de hierro que me salvó después de ser derrotado por Lorenzo el Magnífico en la Cima de los Espíritus?
-Mamá dice que solo te rescató un helicóptero cuando te dio un golpe de calor subiendo un monte de Dénia porque no llevabas gorra.
Tu madre no lee lo suficiente, ha perdido el toque poético tan dulce que tenía de niña...
-Mmm... ¿Entonces qué historia me vas a contar?
Con lo exigente que te estás poniendo esta noche, empiezo a dudar de que me queden más historias que contarte.. ¿y si me cuentas tú una a mí?
-Yo no me sé ninguna, abuelo..
No me has contado una mentira tan grande en toda tu corta vida. Un niño como tú se sabe cuentos de historias, y no tienes que buscarlas en tu joven memoria. Solo mira a tu alrededor.
-¿Qué?
Las mejores historias surgen sin buscarlas. Aparecen en las noches de luna llena, después de los amaneceres románticos o durante los cumpleaños de un nieto favorito. Son esas historias las más dignas de contar, porque son la verdad, la prueba del verdadero prisma que hace girar el mundo delante de nuestros propios ojos. No hace falta buscar aventuras, pues estas llegan solas, atraídas por los corazones románticos que todavía creen en las estrellas y en el fuego que hay en el alma de cada hombre.
-Mmm...
Y dentro de algunos años, y espero que muchos, le contaré a tu hermanita esta conversación que acabamos de tener, y la historia de cómo mi joven nieto me contó, a mí, su primera historia, en una noche estrellada delante de un fuego, antiguo como los propios dioses del bosque, y de cómo la Tortuga Sonriente se paró en el firmamento para escuchar con atención un momento tan importante, y los búhos callaron, y los nobles caballeros gnomos se asomaron entre las briznas de hierba bajo un roble para presenciar tan mágico momento, el de la primera vez que un joven miraría en su corazón para darle una alegría al trotamundos de su abuelo.

Y el chico empezó a hablar, y no entendió porqué ni de dónde le salieron las palabras hasta que tuvo la edad de su abuelo, y se sentó bajo el mismo roble con su nieta, bajo la misma luna y bajo la mirada de los mismos testigos.

Y un fuego más antiguo que la tierra.


Para ti, que sin abrir los ojos, eres capaz de ver el mundo como realmente es. Y de admirar su misterio. Pues solo moriréis realmente cuando dejéis de sorprenderos.

domingo, 29 de enero de 2012

La venganza de Gaia

Y aquel cuervo graznó.

No quiso que se notara la inquietud que le había producido el sonido de ese sucio pajarraco. Tenía que parecer seguro de sí mismo delante del director y el resto de accionistas. Aquella era una oportunidad única, que tardaría muchos años en volver a presentarse si la desperdiciaba, en caso de volver a presentarse. Se había pasado meses y meses lamiéndole el culo a ese viejo verde de Mendoza para que le considerara en su círculo de lameculos particulares a los que lanzar un hueso de vez en cuando a cambio de hacerle sentir importante. El hueso en cuestión era invitarlo a unas de las partidas de caza privadas del Presidente y algunos miembros del consejos de accionistas.  El cerebro del banco en el que llevaba años ascendiendo. Si conseguía caerles bien, mostrarse como un emprendedor con capacidad de liderazgo, tenacidad, iniciativa e hipoputismo para pasar por encima de cualquier competencia que se interpusiera en el camino del consejo del dirección, lograría que le nombraran protector del baluarte que eran sus beneficios anuales. Perdió los escrúpulos para poder desahuciar a familias numerosas sin siquiera mirarles a los ojos, no los iba a tener tampoco a la hora de pegarle un tiro en el culo a una jodido ciervo. Y qué coño, luego se lo iba a comer. Qué hambre tenía después de pasarse toda la mañana desde temprano pateando el monte con un montón de viejos obesos cuasifascistas. Ese ciervo lo iba a pagar.

Unos meses después, rememorando el suceso, no logró discernir el porqué de empanarse en medio de una bajada repasando sin necesidad alguna unas motivaciones que habían arraigado en su ser desde poco antes de terminar primaria. Fue por esos instantes de distracción por lo que se desencadenó todo.

Inmerso en sus cavilaciones, resbaló con una piedra, se deslizó de culo sobre las tierra levantada hasta cinco metro ladera abajo, atropellando a directores de marketing y recursos humanos junto al contable jefe de la cuarta planta y el presidente, se le cayera a este el rifle sin seguro al suelo y le abriera un nuevo ano a un encargado de contratación.

La cosa no habría llegado a mayores si el accidente no les hubiese ocurrido en un parque nacional protegido (el único lugar en las inmediaciones de la ciudad con ciervos). Cuando llegaron la ambulancia y los correspondientes agentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado a repartir multas a diestro y siniestro, a un inspector cabrón se le ocurrió indagar en las sospechosas operaciones de la entidad bancaria. Hoy se encontraba en la cola del paro rememorando el primer y último día de caza de su vida.

Por el cuervo de los cojones.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El bueno de Korsakov

Tenía una buena portada, como decía mi abuelo.

Era el hombre más normal del mundo. Era serio, pero correcto y amable, incluso bondadoso cuando se le pedía ayuda. No llegaba a cascarrabias, pero tenía carácter. Tampoco hacía ruido. Puede parecer una tontería, pero aquel era un detalle fundamental. Le gustaban las cosas bien hechas, claras y el chocolate espeso (con unas gotas de miel en vez del acostumbrado café del almuerzo). No se retrasaba, excepto cuando había que acompañar hasta el coche a algún becario al que se le terminaba el contrato, al tiempo que le daba ánimos y le convencía con palmaditas en la espalda de que no era culpa suya, que estuvimos muy contentos con él, y que no tardaría nada en colocarse. Estaba muy comprometido con la juventud.

Ohh, y siempre tenia algo que comentar sobre arte en el ascensor. El museo municipal recibió muchas visitas de los empleados de esta empresa solo por su buena publicidad. Esos temas de conversación siempre eran mejor recibidos que la política y las desgracias diarias en países lejanos. Y era de agradecer que parara el ascensor cuando venías corriendo, eran esos pequeños detalles que te alegraban el día en la oficina.

Por eso nos extrañó tanto, señor comisario. Malos pensamientos, Dios nos ampare...

entintades.blogspot.com

viernes, 28 de octubre de 2011

Ser

Miau, dijo el gato.

Se sobresaltó, pues llevaba casi diez minutos sin escuchar a un ser vivo. Bueno, a un ser orgánico. Los coches que pasaban a algo más de cuarenta por hora a su izquierda también podían calificarse de "vivos". No sólo por el movimiento. Los veía acercarse desde el horizonte, cada uno con su color, su sonido de fricción con el aire característico, y unos rostros muy humanos detrás del cristal delantero. Tal vez esos cruces de miradas, uno al volante y el otro a pie, eran el detalle decisivo, el que daba esa chispa de ser a aquellos armatostes de acero con ruedas.

Miau, le contestó al gato. 

El idioma apenas importaba en aquellas situaciones. En aquellos ratos de retiro espiritual, volviendo a casa andando mientras bajaba la borrachera, con las neuronas aún más valientes de lo normal, en medio de la ciudad nocturna, el lenguaje universal invadía cada acto comunicativo, y la vida intercambiaba información a través de cada uno de sus receptores materiales.

Ese miau humano decía muchas cosas a la vez. Los ojos amarillos del minino callejero le miraron, reflejaron la luz de la luna en un parpadeo, y se fueron corriendo calle abajo.

¿O sería verdad aquello de que los gatos tienen poderes psiónicos?