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sábado, 22 de septiembre de 2012

Balada para el Señor Oso

Fue el vestido.

El vestido verde claro, ondeando presa de la brisa fresca y suave de aquella noche griega. Fue el culpable de todo. Y también el pelo. Esa dulce melena castaña, que parecía lanzar destellos al reflejar la luces de la plaza. También fue culpable. No, no, no, fue la risa. Una canción en sus pulmones, de cascabeles y campanas de cristal, viento de abril por su garganta. Sí, puede que la risa tuviera la mayoría de la culpa.

La falda volvió a ondear. Esta vez no sintió el viento en su cara. El aire estaba quieto, congelado, paralizado, expectante. Pues ella se puso a bailar, y ni siquiera el viento quiso perdérselo. No pudo evitarlo, y se acercó un poco más, para ver mejor. Y vio mejor, unos labios rojos como la sangre, como el fuego, pasión. Y el bailar. Su forma de bailar, era como ver al viento mismo cabalgar sobre el tañido dulce de un piano, agudo, suave, salvaje, tierno y excitante. No, jamás se decidió sobre si fue su risa o su baile.

Pero el Señor Oso se enamoró, y le echó valor, y se acercó más, y más, y entró a la plaza, y la gente se apartó, y oyó gritos, y se paró la música, y ella, ella, ella le miró, le miraba a él, y él intentó ser dulce, intentó ser amable, le tendió el brazo para bailar...

Y ella le dedicó la sonrisa más bonita del mundo. Le agarró de la zarpa, y bailaron sin música, solo con el viento y el oleaje de las islas del pensamiento, y la música volvió a sonar en algún momento, pero ya pasaron siglos hasta que ellos dos se dieron cuenta, pues volaron más allá de las estrellas, las galaxias, los arco iris y las penas, donde los barcos florecen y las flores lloran cristal, y pocos lo recuerdan ya, pero esa noche fueron canción.

Y la gente de la laza se fue a casa muchísimo antes de que terminasen de bailar, pues era una noche fría para ser abril.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Los hijos del viento

El invasor tomó la ciudad, con crueldad y ensañamiento, y después de incendiar los establos del reino de los jinetes y espantar y dispersar a sus caballos hacia las infinitas llanuras, entró al castillo, con el llanto del acero frío retumbando entre los pasillos y las bóvedas. Quiso sentarse en el trono. Pero en la sala de audiencias solo estaba el príncipe destituido.

-Aquí solo hay mierda de caballo. Dime dónde guardáis la dichosa silla de vuestros reyes, porque quiero sentarme después de la dura batalla, y presenciar desde ahí como cercenan miembros a tu pueblo.
-Jamás poseerás este reino. Porque no eres uno de nosotros, y solo alguien que pertenezca a este pueblo puede sentarse en el trono. Solo podrá gobernar quien conozca las infinitas llanuras de hierba, los ríos y las colinas, alguien que sienta el latir del sol en los atardeceres mirando más allá de las montañas bañándose en la dorada luz del sol, alguien que escuche las canciones del viento en sus, no con sus oídos, sino con su corazón mientras cabalga bajo la luna de plata. Somos un pueblo libre, como los caballos, dioses de la voluntad de avanzar hacia donde uno desee. El amor a los caballos es un camino, no hacia la sabiduría, sino a través de ella, y hacia ninguna parte o hacia todas, allá donde el corazón del pueblo libre ansíe llegar. Por eso nunca, escúchame, nunca podrás gobernarnos, porque no nos conoces, y sientes lo que sentimos, no conoces a los caballos, no conoces la libertad y por eso nos la quieres arrebatar.
-Si esta es la sala de audiencias, ¿dónde está el maldito trono?
-Se fue.
-¿Cómo que se fue...? No me vengas con adivinanzas orientales o te cortaré otro dedo!
-Pues somos un pueblo libre, un reino libre, un rey libre y... un trono libre. El trono de nuestro señor legítimo es una silla de montar, la cual va sobre un caballo de linaje... un caballo al que soltaste y espantaste cuando tomaste a fuego y acero el castillo e incendiaste nuestras villas. ¡Ahora el trono sin el cual este pueblo jamás te obedecerá vuela libre hacia dónde le lleve el viento, porque es nuestro trono, el trono del pueblo, y como tal nos representa!

Entonces el joven rey murió. Y el malvado invasor, después de varios meses de intentos de tiranía, se fue por donde había venido. Porque no podía domar a un pueblo que solo podía tener por cadenas la gravedad que los ataba al suelo y el tiempo que se les había dado en la tierra. Se fue y no volvió, porque nadie le obedeció, aún cuando diezmó a la población a base de hambre, torturas y ejecuciones.Porque ese pueblo era un ser, un ser libre, que decidió que aquel no era su gobernante legítimo, y así fue.

sábado, 25 de agosto de 2012

Rayos y centellas

Esto ocurrió, como la mayoría de los cuentos, en un bosque. Un bosque alejado de la civilización, que abrigaba un precioso riachuelillo en el que bebían animales de fantasía solo cuando una niña pequeña e inocente se acercaba para espiarlos fascinada y luego, tímidamente, intentar acariciar a un ciervo. En este bosque no había niña, pero sí los animales, durmiendo, cazando o fornicando, según el momento del ciclo de la vida en que se encontraran (nos encontramos a media tarde).

Como decía, era una foresta típica de los cuentos. Cuenta una canción sobre un leñador que se internó en este bosque para talar todos los árboles de éste por orden de un rey que había hecho una apuesta con una bruja sobre si el leñador sería capaz de talar el bosque entero en siete días y seis noches. La bruja, como bruja que era y con al picaresca que suele ir acompañado el título cuasinobiliario, le entregó un hacha mágica al leñador para equilibrar la balanza un poco a su favor (se jugaba el trono, una espada mágica y hasta la mano de un principito adolescente con bastantes papeletas para ser el protagonista de unas cuantas canciones cuando cumpliera la mayoría de edad). Al final el leñador le corta la cabeza a la bruja y al rey la barba, y la canción termina con una típica moraleja sobre el respeto a la naturaleza y a nuestros patrimonios naturales (y con una métrica excelente). A lo que iba, en todas las tabernas de la región se sabe que el bosque cuenta con mil y un gigantes arbóreos (ni uno más ni uno menos, la métrica lo exigía, y el viento y demás mecanismos naturales de dispersión genética deben respetarlo).

También cuenta una leyenda de las aldeas de las montañas que ese es un bosque sagrado donde, el único lugar de las tierras de los mortales donde los dioses permiten crecer la flor que los dota de inmortalidad. Pero no son gratis, pues cuentan también que hay un ogro lobo de cuatro brazos custodiando el claro más profundo del bosque, donde crecerían las supuestas flores. Casualmente, el ogro lobo también aparecía en la canción del leñador, y perdía un brazo por el hacha mágica (en la canción nadie habla de las flores y de si el leñador consiguió coger alguna).

Y ahora comienza la historia.

Erase una vez que se era, un humilde campesino que acudió, como todos los finales de mes, al mercado de la ciudad para vender sus quesos. El lugar estaba abarrotado de gente, ese día más que las otras veces que él recordaba, y llevaba viniendo con su abuelo desde que aprendió a sostenerse en pie.

Como siempre, buscó el tenderete rojo más cercano a la fuente de la plaza, pues allí era donde mejor le compraban el queso siempre que venía, y él prometía siempre volver a su puesto el primero con su carretilla para vender al comerciante sus mejores quesos antes que a nadie.

No había nadie. Ni siquiera el tenderete rojo. Seguramente estuviese enfermo, o se hubiera entretenido más de lo habitual con algún negocio en alguna aldea cercana. Había más mercaderes en el mercado, así que siguió dando vueltas hasta pararse en un tenderete de tela negra y un joven atendiendo. Tenían mucho embutido, así que trucó unas cuantas ruedas de queso por su equivalente (apalabrado y con algún regateo) en derivados porcinos, y con la sensación de haber hecho un buen negocio, siguió paseando por la plaza.

Cuando ya se ocultaba el sol, había vendido la mayor parte de la mercancía, y muy satisfecho de sí mismo, aparcó la carreta en el establo de una taberna y pidió comida y cama para una noche. Normalmente no tardaba tanto en vender sus productos, porque aquel mercader del tenderete rojo le compraba la mayoría y poco después de la hora de la comida ya se iba a casa. Pero había tenido que regatear por primera vez con mucha gente desconocida que intentó engañarle un poco, como todo negociante, y la cosa se alargó hasta casi el anochecer. Muy pocas veces había tenido que quedarse a dormir en el pueblo, y no se atrevía a salir con la carreta de noche.

La taberna estaba abarrotada, y solo encontró sitio para sentarse en una mes ya ocupada, en una esquina de la sala, donde solo había una anciano comiendo un plato de sopa de ajo y pan. Educadamente, le pidió permiso para sentarse a su mesa, y el anciano le respondió que si le pagaba la humilde cena, éste le dejaría sentarse a su más humilde mesa y le haría un regalo.

El campesino accedió, pues las ganancias de aquel día excedían con mucho el precio de una triste sopa, y aquel pobre anciano le daba lástima. Charlaron sobre el tiempo y las fiestas de la cosecha que estaban por llegar, y al levantarse el campesino para irse a su habitación el anciano le extendió un trozo de pergamino arrugado. Y sin mediar palabra, también se levantó y salió de la posada corriendo, a la fría noche.

Y a la luz de las velas en su habitación de posada, el campesino descubrió que tenía en sus manos un mapa. Un mapa de un árbol de monedas en algún lugar del bosque que había siguiendo el río abajo. No podía ser falso, pues el papel del pergamino era más antiguo que el mismo anciano.

Y como esto es un cuento, el campesino fue raudo al día siguiente al bosque del mapa, sin sospechar que pudiera se runa trampa, o un tipo, o una fantasía de un viejo senil.

Llegó a una claro, lleno de flores rojas bastante llamativas, pero después de pisotear algunas, se acercó al árbol de piezas de oro y, al coger una...

Un rayo le alcanzó, y ese fue el final del bosque, que se incendió junto a los bellos animales, las flores y el ogro lobo que se acercaba a la espalda del campesino.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Hijo de San Jorge

Érase una vez que se era, un hombre pegado a un escudo oxidado. En realidad era una caballero, mas no se sabía bajo qué emblema luchaba ni contra quién. Se deducía que luchaba porque iba armado, y no era un jinete libre porque lucía un blasón en el escudo. Pero tan oxidado estaba este que no se distinguía la heráldica. Apenas unos trazos se intuían.

Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.

Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.

Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro  a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.

Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.

El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.

Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.

Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.

Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.

Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.

domingo, 9 de octubre de 2011

El Jinete de las Tormentas

Esta es la maravillosa historia del mágico pirata que surcaba todos los mares habidos y por haber (y los que no había, nos los inventamos). Ducho aventurero en fantásticas gestas, fiestas y tropelías, gran bailarín, pícaro, embustero, sabio malandrín, rufián para los injustos, valiente ¡y por su honor que un excelso amante!

Esta es la historia del hombre que con tres saltos y un estofado de boquerones cambió el curso de un río, mató al Emperador del Valle de las Penas con una metáfora y, de paso, no se llevó a la princesa, sino a una cabra braquiosauria.

Primo lejano (y cercano en los momentos de llanto) de Tom Bombadil, que le enviaba todos los años por correo expresso urgente en un pegaso verde con una pegatina de "Muy Frágil" una caja de risas de niño que después él mismo repartía por todas las islas por las que pasaba (y el pegaso verde le invitaba a licor de avellana en los cumpleaños de sus hijos).

Le llamaban Ajenjo muy a menudo, Armengol en las islas de de los hombres-barracuda y Wend (All-in!) cuando ganaba a póker a los elfos de la Isla Pelada. Pero solo su madre sabía que en realidad se llamaba Segismundo Pancredo de Miguel.

Pero lo que es más impresionante de este héroe contemporáneo y espontáneo es su barco alado anfibio propulsado por pedo de duende (con olor a canela).

Y aquí, por fin, comenzamos su legendaria historia: Una oscura noche sin luna, metiéndole el dedo en el ojo a una tormenta de Informe de Ventas del periodo fiscal 2010-2011 de la sucursal 46B/z80, Departamento de...

Los pasos del jefe se alejaron por el pasillo de la máquina del café y, pasado el peligro, el triste oficinista volvió a soñar.


sábado, 8 de octubre de 2011

Gloria

¡Hacia la gloria! -gritaron mil gargantas al cielo.

La horda de armaduras negras marchaba a paso ligero, en perfecta formación de cuña, sin que sobresaliese apenas ningún soldado por los extremos, como si alguien hubiera metido cientos de hormigas en un molde de cristal.

La rabia impulsaba sus brazos y piernas en la marcha, esa la sed de venganza, ese furor que se desata por las venas cuando se sabe que correrá la sangre; eso era lo que los empujaba hacia el acantilado.

Y al fondo del acantilado les esperaba ella. La bestia legendaria que había engañado y torturado a tantos héroes a lo largo de miles y miles de años. Les llamaban Legión, porque eran muchos. La Legión pasaría a formar parte de las canciones. Los reinos temerían su leyenda, y los niños soñarían con ser como ellos a lo largo de las siguientes eras. Nadie podía vencerlos. Ni siquiera la bestia.

-Pero... ¿realmente nos ha hecho nada ese bicho?

La Legión paró en seco.

Después de la sonada paliza, la marcha siguió. Ahora otra voz distinta:

-Eso de lanzarnos por un precipicio para caer encima de una serpiente gigante que no nos ha hecho nada solo para hacernos famosos y tal... ¿No es un poco... no sé, raro?
-Eso decía yo antes... ¿Tiene esto algún sentido? -dijo el primer apalizado, y escupió un diente.

La Legión se detuvo.

Ahora dos cabezas decoraban la pica del general en la punta de cuña de la formación.

Y por coraje, ira, venganza, ego, soberbia, estupidez, por todas esas cosas les conocerían siglos después tras esa gesta. Ellos mismos lo llamaban gloria. Porque solo ellos tenían razón, solo ellos conocerían la verdad, y por ella luchaban. Sí...

Y el ejército se lanzó por el precipicio, como una manada de lemmings, apuntando con sus lanzas hacia el suelo para clavarse en el cuerpo del monstruo cuan avispones negros.

Y por coraje, ira y holocausto ante el rojo amanecer, murieron en los riscos. Por las canciones.

Y la serpiente, sonriendo, se mordió la cola.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El exilio

Abrí la puerta y otra horda de engendros se abalanzaron sobre ellos.

Dí cuenta del primero que travesó el umbral con un certero y rápido tajo en el pecho, y fue rematado por una flecha de Mirdin directamente en la testa. Al caer el cuerpo al suelo, entraron corriendo otros dos pertrechados detrás de sendos escudos redondos de robusto acero. Dí un par de estocadas de advertencia, pero apenas supusieron un par de rasguños en los reflectantes escudos, pero antes de que consiguieran echarse sobre ellos, Günter los aplastó con unos un par de potentes mazazos de su martillo y, indefensos, fueron aniquilados por mi espada de cristal élfico.

Con valor atravesamos el umbral de la puerta y salimos a una gran sala circular donde nos esperaba un fila entera de arqueros monstruosos de piel gris y escamosa, y tras ellos el malnacido mago que les había instado a asaltar su torre desde las almenas de esta horas antes. Sin duda el ascenso fue largo y duro, y nuestros cuerpos estaban amoratados y sangrantes, pero nuestras voluntades no tenían nada que envidiar a las montañas que les albergaban, y con varios rostros sonrientes en nuestros corazones y voces de amigos perdidos en la cabeza, nos lanzamos sin dudar a la que tal vez fuese su última batalla.

La de los orcos, sin duda.

Tras una dura escaramuza, arranqué de un tirón el Amuleto del Discernimiento del cadáver del hechicero orco. Tal como decían las leyendas, sentí como mis entereza y vigor crecían como la espuma la espuma de una cerveza fría recién escanciada, pero sus movimientos se volvieron más lentos. Una lástima lo del maná, pues como guerrero que era, no sabía ni le interesaba comprender ese tipo de poder, pero aún así le parecía un pequeño desperdicio de entre los dones que otorgaba el accesorio no poder aprovechar la magia.

No se lo iba a dar a su compañera Elena del Manantial, pues el último definitivo al brujo se lo dio él mismo, así que le correspondía el reparto del botín, cuan león líder de una manada.

Pero la hechicera elfa era pérfida y envidiosa, y no respetaba los juramentos. Al bajar de la torre, me sorprendió por la espalda con un conjuro paralizador, del cual no pude defenderme, y su poderosa bola de fuego acabó con mi vitalidad en un santiamén. Mientras tantos nuestros compañeros de aventura miraban sin inmutarse.

-Me llevo como premio el amuleto mágico y también todas tus pociones de curación. También exijo tu Anillo del Advenimiento.
-Tómalo todo, sucia bruja de orejas de punta. Pero juro que no volveré a compartir contigo una búsqueda, y recorreré todos los clanes de las bastas montañas del Hielo Eterno, y formaré una compañía de valientes para perseguirte como a la perra que eres y saciar mi venganza.

Dicho esto, con el corazón henchido de rabia, apagué el ordenador y me fui a la cama. Ya eran las 2, y a las 8 y media tenia clase en la facultad. El madrugón me sentó fatal y la sonrisa que me dedicó Elena al sentarse conmigo me terminó de amargar la mañana.

-¡Serás zorra! Cuando llegue al nivel 75 consiga la montura de grifo matamagos, te enterarás. ¡Nadie se burla de Krom el Sanguinario!
-Deja ya de friquear y enciendo el portátil, que ya ha empezado la clase.

sábado, 14 de mayo de 2011

Sobre bardos, bufones y otras cosas rotas

-¿Así que quieres ser artista, chiquillo?- dijo el gordo hombre mientras se secaba la frente con una trapo bastante mugriento ya. -Pues sal a la palestra, y si lo haces bien, a lo mejor puedes volver mañana.
-Sí, señor.
-Y si lo haces mejor aún, un par de mendrugos de pan, y hasta un vasito el vino para bajarlo, ¿eh?
-Sí, señor.
-Pero que no te pase como al torpe de Timmy en la función del Día de Acción de Gracias. Tengo la sensación de que la señora Pevery me mira mal a través del parche, y me da miedo comprarle a ella el pescado, así que voy al puesto del señor Harris de la esquina con la 4ª de Winston, y desde entonces encuentro el doble de moscas secas en mi estofado.
-Sí, señor.
-Y ni se te ocurra tocar la del Oso Horroroso, las más populares son siempre para el acto final.
-Sí señor.
-Y llámame Hank. Sólo mis aprendices me llaman Señor.
-Sí, Hank.

Un grumillo de merengue salpicó el amarillento bigote de morsa de Hank, lo cual indicaba que había terminado ya el número de Milly (con catastróficas consecuéncias en los vestidos de la primera a la cuarta fila), y auguraba un público difícil para el del sigueinte turno.

-Ve chico, te toca.
-Sí, Hank.
-Y sonríe un poco hombre, piensa en los festines que te darás esta noche y el resto de la gira hasta Londres si haces que se rían después de la decepción de las tartas.
-Sí.

A Hank le daba lástima el chiquillo con cara de palo. No dependía de él llevárselo o no con ellos en la gira, pero ya le había costado mucho conseguirle una oportunidad, teniendo como único abal su amistad con sus muy recientes difuntos padres. No podía llevárselo con él, y eso era lo más triste, que se sentía responsable de que ese niño muriera de frío y hambre en la calle en menos de un mes.

Nunca le había visto actuar, pero se olía a leguas, con sus paros inseguros y erráticos, su mirada perdida y sus escuetas contestaciones que lo único que iba a inspirar en el público sería vergüenza, o muchísimo peor aún en el mundo del espectáculo... lástima.

Y la bella Hanny salió por enésima vez al escenario a lucir escote mientras presentaba la muerte ya anunciada de un número del cual solo sabían que el chiquillo había titulado Chapoteo.

Se hizo la oscuridad. Se encendió un foco que cegó a un espectador de la segunda fila al reflejar en las monturas del chico. Éste se arrodilló sobre las tablas de caoba seca y abrió un fardo sucio y agujereado. Sacó una bellísima flauta de plata, una serpiente de juguete echa de piezas de madera unidas por visagras y engranajes que permitían que ésta "serpenteara" y una rosa de papel.

Se introdujo la rosa en el bolsillo de la pechera de un raída chaquetilla, dándole un toque de señor de la gran manzana (mucho menos glamuroso). Y dio comienzo el espectáculo.

Mediante una conveniente e inteligente sistema de hilos y palos muy finos enganchados a sus codos y rodillas, el chiquillo convirtió a la serpiente de piezas en una ingeniosa marioneta. Cogió la flauta de plata, y tocó una melodía lenta, triste y melancólica, que parecía dar caricias cristalinas en los mismos corazones de los comensales. Y al minuto la serpiente empezó a despertarse.

Se tambaleó al compás de los ahora frenéticos y patizambos movimientos de las articulaciones del niño, marcando un extraño contraste entre la bella sinfonía, la danza de la serpiente y la suya propia.

De repente, la música cambió. Ahora la flauta tronaba ira, ímpetu y odio con notas rápidas pero graves, al son de una serpiente que ahora se mecía suavemente sobre el borde del escenario, invitando a los espectadores a acercarse a ella, y el niño bailando cual caña de bambú a merced de la brisa veraniega.

Y el reptil de madera se enroscó alrededor de su cuello, liberada de ya de sus ataduras de titiritero. El niño se desplomó después de forcejear e intentar arrancar a la serpiente de su pescuezo con todas sus fuerzas, al tiempo que espectadores y actores observaban petrificados algo que no podían creer. Y en un último aliento, el chiquillo agarró la flauta con un solo brazo y sopló muy fuerte durante varios segundos, obstruyendo los agujeros adecuados para que sonara una nota muy grave, semejante al último tañido de un elefante camino del cementerio.

Y la rosa de papel de su solapa estalló en llamas. Y sin necesidad de hilos, la serpiente se cubrió de ascuas alejándose del niño hacia el límite del escenario, preparada para arremeter contra las damas de la primera fila, cuando...

Se cerró el telón.

Y a los diez segundos volvieron a abrirse los pesados velos de terciopelo rojo, y el lastimero chiquillo, con una sonrisa de oreja a oreja, hizo una reverencia al público, con la flauta en una mano, y la serpiente agarrada por el pescuezo en la otra.

Y después ese atronador sonido que llena de júbilo el corazón de actores, malabaristas, bailarines y payasos. La ovación. El apogeo del trabajo bien hecho y de decenas de almas gozosas y agradecidas por el esfuerzo bien llevado.

Los aplausos.

Y al día siguiente, Hank, antes de despedirse de aquel salón de espectáculos que había vista el nacimiento de un gran artista, cogió una rosa de papel desconcertantemente no chamuscada del suelo, se la puso en el sombrero, y anunció:

-Chico, recuérdame que cuando lleguemos a la capital, te enseñe el número de la tortuga y el mimo.
-Sí, señor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Flamante plata

No era que no le gustase tener las sandalias llenas de arena, pero aquello ya era demasiado.

La arena ya le llegaba casi hasta las rodillas, y estaba agotado de enviar fuerza a las piernas para caminar decentemente. Además, la arena le hacía cosquillas entre los dedos de los pies al arrastrarlos veinte centímetros por debajo de la superficie de la arena. Además, estaba helada.

La luna se reflejaba con luz prístina en los escudos y armaduras de sus compañeros de tropa. Pero por ahora eso no era un problema, pues aún estaban resguardados por las dunas que rodeaban la ciudad, y les reflejos de sus equipamientos no les delatarían aún.

¡Atacar en luna llena! ¡Por Júpiter! El decurión que había fijado la noche del ataque era un completo inepto. En cuanto alcanzaran la cima de aquella gran duna que seguramente los separaba de vislumbrar su objetivo, serían tan visibles como una vela en una habitación cerrada, y los acribillarían a flechas antes de haber terminado de deslizarse hasta la falda de la duna.

Pero claro, para eso eran una unidad de asalto. La vanguardia. El primer golpe. La estocada mortal que condenaría el resultado de una batalla desde su mismo comienzo. Suicidas y carne de cañón.

Precisamente el plan ideado por los altos mandos era que aquella tropa comenzara una pequeña escaramuza por la muralla este de la ciudad, mientras el grueso de la legión aparecía por sorpresa con los arietes por la cara norte de la ciudad y, (si sobrevivían hasta que llegaran y volvieran a captar la atención de los flechazos) ellos se unirían al grueso por la brecha abierta en las defensas y tomarían la ciudad.

Sabían por sus espías que en la ciudad no quedaba suficiente mano guerrera para defender la muralla por múltiples flancos, pues el grueso de las fuerzas enemigas había salido hace días a atacar el campamento base en la orilla. En cuanto se concentraran suficientes arqueros en un solo lado de la muralla, el resto de puntos quedarían suficientemente desprotegidos para que las armas de asedio pudieran abrirse paso por las defensas el tiempo suficiente para que la marea del césar arrasara con todo.

Pero seguramente él no llegaría a ver tamaña victoria, y menos a participar en ella. Asco de vida.

Por lo menos aquella era una bonita vista para morir. Destellos de plata sobre fondo azul oscuro del cielo y un turquesa sucio de la arena, en contraste con la saeta de fuego que atravesó el casco del decurión como si fuese de mantequilla.

Aún seguía en sus ensoñaciones cuando levantó el escudo sobre su cabeza de forma automática y casi inconsciente al grito anónimo de “¡Formación de tortuga!”. Se despertó del todo cuando sintió en los nudillos que sostenían el asa del escudo el calor de una flecha ardiente que rebotó contra este. Seguramente alguna maldita escuadra de exploración tanteando las proximidades a la ciudad (lo cual era bastante fácil, dada la luz natural de la que gozaban todos aquella noche), y eso podía dar al traste con los planes de ataque sorpresa.

¡Por Júpiter! Esas flechas de fuego seguro que se verían a leguas de distancia. Habrían dado al traste con el plan, y seguro que ya habían vislumbrado al grueso de la legión al norte.

Oyó la orden de levantar escudos y cargar. Levantó el escudo justo para estrellarlo con un puñal, éste retrocedió y aprovechó para clavar su gladius en carne tostada, que era fácilmente vislumbrable bajo la luna llena.

A los pocos minutos, la arena se tiñó de sangre de los dos bandos, aunque había menos sangre romana que de la del enemigo. A pesar de que éstos conocían bien el terreno y estaban acostumbrados a luchar y moverse en la arena, el equipamiento romano muy superior, por lo que los golpes enemigos hacían el suficientemente poco daño como para que éstos pudieran contraatacar clavando una espada o lanza en sus estómagos. Esa escuadra de exploradores estaba cayendo ante las águilas de Roma.

Cuando ya llevaba tres muertos bajo su cuenta, tropezó con algo y resbaló en la arena. Al recobrar el equilibrio, vio que había tropezado con un herido enemigo, que se estaba arrastrando en el suelo.

Debía de ser el líder de la unidad, pues sus ropajes eran mucho más vistosos que el resto… pero los rayos de luna denotaban sus jóvenes rasgos. ¡Por Júpiter, ese niño había llegado a jefe de una tropa! No era posible que alguien tan joven hubiera conseguido tantos méritos como para escalar a un puesto de mando. Bueno, sea como fuere, no estaba en condiciones de causar muchos estragos en su tropa, dada la cantidad de sangre que manchaba sus perneras.

En tanto que se decidía entre rematar al herido o darse la vuelta y ocuparse a socorrer a otros compañeros en combate, éste detuvo sus movimientos reptantes ante un objeto brillante, lo frotó eufóricamente con los dos brazos, casi como si fuese a romperlo, y gritó:

-¡Djinn, mi segundo deseo! ¡Calcina a estos extranjeros!

Pensó que era algún tipo de maldición pagana, y se quedó perplejo unos segundos, hasta que se decidió por terminar con el sufrimiento de aquel demente, para así seguir con la batalla. Pero algo entre los brazos del herido empezó a brillar, y un destello más refulgente que todas las saetas de fuego de una legión en una noche oscura se elevó varios metros hacia el cielo.

De pronto dejó de escuchar la canción de las espadas, como si ese destello rojizo hubiera enmascarado incluso los sonidos de la batalla, y algo ocultó la luna a sus ojos. Se materializó delante enfrente de Lunae una especie de hombre ardiente, de dimensiones monstruosas, con hombros tan anchos como tres hombres, con un brillantor refulgente que parecía recorrer todas las fibras de su cuerpo.

-¡Por Júpiter!- y el ser de fuego golpeó con uno de sus grandes puños sobre la arena, que quedó cristalizada, y un par de legionarios que estaban cerca quedaron carbonizados, literalmente, solo quedando parte de sus armaduras humeantes en un cráter de arena.

¡Una onda expansiva lo lanzó varios metros hacia atrás!

¿Era acaso magia? ¿Cuál de sus dioses era capaz de enviar ese poder? ¿Acaso no estaban todos los poderes divinos del lado de Roma?

Mientras ese vástago de Marte hacía estragos con sus puños llameantes entre las filas romanas, él se levantó y corrió hacia el capitán herido, de entre cuyos brazos aún surgían un halo de luz roja que conectaba con el ser de fuego.

Le atravesó la cabeza con su gladius de un corte limpio, justo antes de que el puño llameante del monstruo le alcanzara.

Y todo se oscureció.

Lo primero que vio al despertar fue la eterna luz de la luna sobre una duna salpicada de armaduras plateadas chamuscadas y cadáveres pidiendo clemencia. Ni siquiera le dolía la salvaje quemadura del brazo derecho hasta que la vio. Y allí estaba. Un reflejo rojizo titilaba entre la arena, a pocos pasos del ya cadáver del capitán explorador, al que ya no se le distinguía la zona de la cara en la que un día seguramente tuvo una nariz. Se acercó y desenterró de la arena una pieza dorada que parecía un recipiente, algo oxidado y recubierto de rubíes, con tallados de hombres llameantes alrededor de un sol refulgente, en variadas escenas que parecían representar a estos hombres cubiertos de llamas arrodillados ante hombres normales.

¿Era el último que quedaba de su tropa de asalto? ¡Por Júpiter! Escaló corriendo el trecho que quedaba de la empinada cara de la duna, y por fin vislumbró las murallas de la ciudad, y una marea de destellos plateados que se agolpaban contra la puerta norte de la ciudad, sufriendo saetazos de fuego a destajo.

Y como si una mano invisible hubiera guiado sus pensamientos hacia la respuesta, frotó el recipiente dorado de brillo rojizo y gritó intentando que sus plegarias llegaran hasta todos los dioses de Roma.

-¡Djinn! ¡Deseo…!

Y así es como Cartago fue arrasada.