sábado, 22 de septiembre de 2012
Balada para el Señor Oso
sábado, 1 de septiembre de 2012
Los hijos del viento
-Aquí solo hay mierda de caballo. Dime dónde guardáis la dichosa silla de vuestros reyes, porque quiero sentarme después de la dura batalla, y presenciar desde ahí como cercenan miembros a tu pueblo.
-Jamás poseerás este reino. Porque no eres uno de nosotros, y solo alguien que pertenezca a este pueblo puede sentarse en el trono. Solo podrá gobernar quien conozca las infinitas llanuras de hierba, los ríos y las colinas, alguien que sienta el latir del sol en los atardeceres mirando más allá de las montañas bañándose en la dorada luz del sol, alguien que escuche las canciones del viento en sus, no con sus oídos, sino con su corazón mientras cabalga bajo la luna de plata. Somos un pueblo libre, como los caballos, dioses de la voluntad de avanzar hacia donde uno desee. El amor a los caballos es un camino, no hacia la sabiduría, sino a través de ella, y hacia ninguna parte o hacia todas, allá donde el corazón del pueblo libre ansíe llegar. Por eso nunca, escúchame, nunca podrás gobernarnos, porque no nos conoces, y sientes lo que sentimos, no conoces a los caballos, no conoces la libertad y por eso nos la quieres arrebatar.
-Si esta es la sala de audiencias, ¿dónde está el maldito trono?
-Se fue.
-¿Cómo que se fue...? No me vengas con adivinanzas orientales o te cortaré otro dedo!
-Pues somos un pueblo libre, un reino libre, un rey libre y... un trono libre. El trono de nuestro señor legítimo es una silla de montar, la cual va sobre un caballo de linaje... un caballo al que soltaste y espantaste cuando tomaste a fuego y acero el castillo e incendiaste nuestras villas. ¡Ahora el trono sin el cual este pueblo jamás te obedecerá vuela libre hacia dónde le lleve el viento, porque es nuestro trono, el trono del pueblo, y como tal nos representa!
Entonces el joven rey murió. Y el malvado invasor, después de varios meses de intentos de tiranía, se fue por donde había venido. Porque no podía domar a un pueblo que solo podía tener por cadenas la gravedad que los ataba al suelo y el tiempo que se les había dado en la tierra. Se fue y no volvió, porque nadie le obedeció, aún cuando diezmó a la población a base de hambre, torturas y ejecuciones.Porque ese pueblo era un ser, un ser libre, que decidió que aquel no era su gobernante legítimo, y así fue.
sábado, 25 de agosto de 2012
Rayos y centellas
Como decía, era una foresta típica de los cuentos. Cuenta una canción sobre un leñador que se internó en este bosque para talar todos los árboles de éste por orden de un rey que había hecho una apuesta con una bruja sobre si el leñador sería capaz de talar el bosque entero en siete días y seis noches. La bruja, como bruja que era y con al picaresca que suele ir acompañado el título cuasinobiliario, le entregó un hacha mágica al leñador para equilibrar la balanza un poco a su favor (se jugaba el trono, una espada mágica y hasta la mano de un principito adolescente con bastantes papeletas para ser el protagonista de unas cuantas canciones cuando cumpliera la mayoría de edad). Al final el leñador le corta la cabeza a la bruja y al rey la barba, y la canción termina con una típica moraleja sobre el respeto a la naturaleza y a nuestros patrimonios naturales (y con una métrica excelente). A lo que iba, en todas las tabernas de la región se sabe que el bosque cuenta con mil y un gigantes arbóreos (ni uno más ni uno menos, la métrica lo exigía, y el viento y demás mecanismos naturales de dispersión genética deben respetarlo).
También cuenta una leyenda de las aldeas de las montañas que ese es un bosque sagrado donde, el único lugar de las tierras de los mortales donde los dioses permiten crecer la flor que los dota de inmortalidad. Pero no son gratis, pues cuentan también que hay un ogro lobo de cuatro brazos custodiando el claro más profundo del bosque, donde crecerían las supuestas flores. Casualmente, el ogro lobo también aparecía en la canción del leñador, y perdía un brazo por el hacha mágica (en la canción nadie habla de las flores y de si el leñador consiguió coger alguna).
Y ahora comienza la historia.
Erase una vez que se era, un humilde campesino que acudió, como todos los finales de mes, al mercado de la ciudad para vender sus quesos. El lugar estaba abarrotado de gente, ese día más que las otras veces que él recordaba, y llevaba viniendo con su abuelo desde que aprendió a sostenerse en pie.
Como siempre, buscó el tenderete rojo más cercano a la fuente de la plaza, pues allí era donde mejor le compraban el queso siempre que venía, y él prometía siempre volver a su puesto el primero con su carretilla para vender al comerciante sus mejores quesos antes que a nadie.
No había nadie. Ni siquiera el tenderete rojo. Seguramente estuviese enfermo, o se hubiera entretenido más de lo habitual con algún negocio en alguna aldea cercana. Había más mercaderes en el mercado, así que siguió dando vueltas hasta pararse en un tenderete de tela negra y un joven atendiendo. Tenían mucho embutido, así que trucó unas cuantas ruedas de queso por su equivalente (apalabrado y con algún regateo) en derivados porcinos, y con la sensación de haber hecho un buen negocio, siguió paseando por la plaza.
Cuando ya se ocultaba el sol, había vendido la mayor parte de la mercancía, y muy satisfecho de sí mismo, aparcó la carreta en el establo de una taberna y pidió comida y cama para una noche. Normalmente no tardaba tanto en vender sus productos, porque aquel mercader del tenderete rojo le compraba la mayoría y poco después de la hora de la comida ya se iba a casa. Pero había tenido que regatear por primera vez con mucha gente desconocida que intentó engañarle un poco, como todo negociante, y la cosa se alargó hasta casi el anochecer. Muy pocas veces había tenido que quedarse a dormir en el pueblo, y no se atrevía a salir con la carreta de noche.
La taberna estaba abarrotada, y solo encontró sitio para sentarse en una mes ya ocupada, en una esquina de la sala, donde solo había una anciano comiendo un plato de sopa de ajo y pan. Educadamente, le pidió permiso para sentarse a su mesa, y el anciano le respondió que si le pagaba la humilde cena, éste le dejaría sentarse a su más humilde mesa y le haría un regalo.
El campesino accedió, pues las ganancias de aquel día excedían con mucho el precio de una triste sopa, y aquel pobre anciano le daba lástima. Charlaron sobre el tiempo y las fiestas de la cosecha que estaban por llegar, y al levantarse el campesino para irse a su habitación el anciano le extendió un trozo de pergamino arrugado. Y sin mediar palabra, también se levantó y salió de la posada corriendo, a la fría noche.
Y a la luz de las velas en su habitación de posada, el campesino descubrió que tenía en sus manos un mapa. Un mapa de un árbol de monedas en algún lugar del bosque que había siguiendo el río abajo. No podía ser falso, pues el papel del pergamino era más antiguo que el mismo anciano.
Y como esto es un cuento, el campesino fue raudo al día siguiente al bosque del mapa, sin sospechar que pudiera se runa trampa, o un tipo, o una fantasía de un viejo senil.
Llegó a una claro, lleno de flores rojas bastante llamativas, pero después de pisotear algunas, se acercó al árbol de piezas de oro y, al coger una...
Un rayo le alcanzó, y ese fue el final del bosque, que se incendió junto a los bellos animales, las flores y el ogro lobo que se acercaba a la espalda del campesino.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Hijo de San Jorge
Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.
Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.
Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.
Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.
El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.
Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.
Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.
Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.
Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.
domingo, 9 de octubre de 2011
El Jinete de las Tormentas
sábado, 8 de octubre de 2011
Gloria
domingo, 25 de septiembre de 2011
El exilio
sábado, 14 de mayo de 2011
Sobre bardos, bufones y otras cosas rotas
viernes, 10 de diciembre de 2010
Flamante plata
No era que no le gustase tener las sandalias llenas de arena, pero aquello ya era demasiado.
La arena ya le llegaba casi hasta las rodillas, y estaba agotado de enviar fuerza a las piernas para caminar decentemente. Además, la arena le hacía cosquillas entre los dedos de los pies al arrastrarlos veinte centímetros por debajo de la superficie de la arena. Además, estaba helada.
La luna se reflejaba con luz prístina en los escudos y armaduras de sus compañeros de tropa. Pero por ahora eso no era un problema, pues aún estaban resguardados por las dunas que rodeaban la ciudad, y les reflejos de sus equipamientos no les delatarían aún.
¡Atacar en luna llena! ¡Por Júpiter! El decurión que había fijado la noche del ataque era un completo inepto. En cuanto alcanzaran la cima de aquella gran duna que seguramente los separaba de vislumbrar su objetivo, serían tan visibles como una vela en una habitación cerrada, y los acribillarían a flechas antes de haber terminado de deslizarse hasta la falda de la duna.
Pero claro, para eso eran una unidad de asalto. La vanguardia. El primer golpe. La estocada mortal que condenaría el resultado de una batalla desde su mismo comienzo. Suicidas y carne de cañón.
Precisamente el plan ideado por los altos mandos era que aquella tropa comenzara una pequeña escaramuza por la muralla este de la ciudad, mientras el grueso de la legión aparecía por sorpresa con los arietes por la cara norte de la ciudad y, (si sobrevivían hasta que llegaran y volvieran a captar la atención de los flechazos) ellos se unirían al grueso por la brecha abierta en las defensas y tomarían la ciudad.
Sabían por sus espías que en la ciudad no quedaba suficiente mano guerrera para defender la muralla por múltiples flancos, pues el grueso de las fuerzas enemigas había salido hace días a atacar el campamento base en la orilla. En cuanto se concentraran suficientes arqueros en un solo lado de la muralla, el resto de puntos quedarían suficientemente desprotegidos para que las armas de asedio pudieran abrirse paso por las defensas el tiempo suficiente para que la marea del césar arrasara con todo.
Pero seguramente él no llegaría a ver tamaña victoria, y menos a participar en ella. Asco de vida.
Por lo menos aquella era una bonita vista para morir. Destellos de plata sobre fondo azul oscuro del cielo y un turquesa sucio de la arena, en contraste con la saeta de fuego que atravesó el casco del decurión como si fuese de mantequilla.
Aún seguía en sus ensoñaciones cuando levantó el escudo sobre su cabeza de forma automática y casi inconsciente al grito anónimo de “¡Formación de tortuga!”. Se despertó del todo cuando sintió en los nudillos que sostenían el asa del escudo el calor de una flecha ardiente que rebotó contra este. Seguramente alguna maldita escuadra de exploración tanteando las proximidades a la ciudad (lo cual era bastante fácil, dada la luz natural de la que gozaban todos aquella noche), y eso podía dar al traste con los planes de ataque sorpresa.
¡Por Júpiter! Esas flechas de fuego seguro que se verían a leguas de distancia. Habrían dado al traste con el plan, y seguro que ya habían vislumbrado al grueso de la legión al norte.
Oyó la orden de levantar escudos y cargar. Levantó el escudo justo para estrellarlo con un puñal, éste retrocedió y aprovechó para clavar su gladius en carne tostada, que era fácilmente vislumbrable bajo la luna llena.
A los pocos minutos, la arena se tiñó de sangre de los dos bandos, aunque había menos sangre romana que de la del enemigo. A pesar de que éstos conocían bien el terreno y estaban acostumbrados a luchar y moverse en la arena, el equipamiento romano muy superior, por lo que los golpes enemigos hacían el suficientemente poco daño como para que éstos pudieran contraatacar clavando una espada o lanza en sus estómagos. Esa escuadra de exploradores estaba cayendo ante las águilas de Roma.
Cuando ya llevaba tres muertos bajo su cuenta, tropezó con algo y resbaló en la arena. Al recobrar el equilibrio, vio que había tropezado con un herido enemigo, que se estaba arrastrando en el suelo.
Debía de ser el líder de la unidad, pues sus ropajes eran mucho más vistosos que el resto… pero los rayos de luna denotaban sus jóvenes rasgos. ¡Por Júpiter, ese niño había llegado a jefe de una tropa! No era posible que alguien tan joven hubiera conseguido tantos méritos como para escalar a un puesto de mando. Bueno, sea como fuere, no estaba en condiciones de causar muchos estragos en su tropa, dada la cantidad de sangre que manchaba sus perneras.
En tanto que se decidía entre rematar al herido o darse la vuelta y ocuparse a socorrer a otros compañeros en combate, éste detuvo sus movimientos reptantes ante un objeto brillante, lo frotó eufóricamente con los dos brazos, casi como si fuese a romperlo, y gritó:
-¡Djinn, mi segundo deseo! ¡Calcina a estos extranjeros!
Pensó que era algún tipo de maldición pagana, y se quedó perplejo unos segundos, hasta que se decidió por terminar con el sufrimiento de aquel demente, para así seguir con la batalla. Pero algo entre los brazos del herido empezó a brillar, y un destello más refulgente que todas las saetas de fuego de una legión en una noche oscura se elevó varios metros hacia el cielo.
De pronto dejó de escuchar la canción de las espadas, como si ese destello rojizo hubiera enmascarado incluso los sonidos de la batalla, y algo ocultó la luna a sus ojos. Se materializó delante enfrente de Lunae una especie de hombre ardiente, de dimensiones monstruosas, con hombros tan anchos como tres hombres, con un brillantor refulgente que parecía recorrer todas las fibras de su cuerpo.
-¡Por Júpiter!- y el ser de fuego golpeó con uno de sus grandes puños sobre la arena, que quedó cristalizada, y un par de legionarios que estaban cerca quedaron carbonizados, literalmente, solo quedando parte de sus armaduras humeantes en un cráter de arena.
¡Una onda expansiva lo lanzó varios metros hacia atrás!
¿Era acaso magia? ¿Cuál de sus dioses era capaz de enviar ese poder? ¿Acaso no estaban todos los poderes divinos del lado de Roma?
Mientras ese vástago de Marte hacía estragos con sus puños llameantes entre las filas romanas, él se levantó y corrió hacia el capitán herido, de entre cuyos brazos aún surgían un halo de luz roja que conectaba con el ser de fuego.
Le atravesó la cabeza con su gladius de un corte limpio, justo antes de que el puño llameante del monstruo le alcanzara.
Y todo se oscureció.
Lo primero que vio al despertar fue la eterna luz de la luna sobre una duna salpicada de armaduras plateadas chamuscadas y cadáveres pidiendo clemencia. Ni siquiera le dolía la salvaje quemadura del brazo derecho hasta que la vio. Y allí estaba. Un reflejo rojizo titilaba entre la arena, a pocos pasos del ya cadáver del capitán explorador, al que ya no se le distinguía la zona de la cara en la que un día seguramente tuvo una nariz. Se acercó y desenterró de la arena una pieza dorada que parecía un recipiente, algo oxidado y recubierto de rubíes, con tallados de hombres llameantes alrededor de un sol refulgente, en variadas escenas que parecían representar a estos hombres cubiertos de llamas arrodillados ante hombres normales.
¿Era el último que quedaba de su tropa de asalto? ¡Por Júpiter! Escaló corriendo el trecho que quedaba de la empinada cara de la duna, y por fin vislumbró las murallas de la ciudad, y una marea de destellos plateados que se agolpaban contra la puerta norte de la ciudad, sufriendo saetazos de fuego a destajo.
Y como si una mano invisible hubiera guiado sus pensamientos hacia la respuesta, frotó el recipiente dorado de brillo rojizo y gritó intentando que sus plegarias llegaran hasta todos los dioses de Roma.
-¡Djinn! ¡Deseo…!
Y así es como Cartago fue arrasada.