lunes, 30 de mayo de 2011

Ánima

A ras de suelo morí
a ras del cielo se secaron mis ojos
a ras del viento mis oídos se cerraron
a ras de la tierra húmeda, mis dedos tiesos

Guárdate el pecho
un arpa de plata
se parten sus cuerdas a cada instante
y sus dedos se apagan

Clama con tu pecho a los cielos
clama a los vientos
clama a los mares y huertos
pues cuando la mente se va, solo el corazón se queda

Allá, a ras de las estrellas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Dragona negra

Vendrán tiempos oscuros
de hojas verdes oscuras
meciéndose al viento
al son de los hados.

Verás llamas en el firmamento
y los bosques de hierro sucio
llora un pájaro
se quiebra el cielo.

Y no sé porqué el vino no ayuda
se torna parduzco en mis dedos
enebro de anciana
y arrendajos blancos.

Verás dragones
de bosque y roca
oscuros cuan hojas al viento
y una dama negra...

Será que hilvanar
no es tan fácil como dicen
los registradores de hazañas
haciendo a los sabios sangrar.

Llega la muerte a los prados
y el sol muere de pena
al iluminar por última vez a sus hijos
la pródiga respira flama.

sábado, 21 de mayo de 2011

Space Opera

-¿...y le he contado la historia de esta otra?
-Sí, la de... ¿las borlas verdes? No, creo que n...
-De la campaña de Kronus. Verás, fue una historia graciosa, perdí a mi escuadra cerca de una baliza deshechada...
-¡Uy! ¡Qué tarde es! Lo siento, me ha encantado escuchar las maravillosas historias de tus condecoraciones, pero me esperan en el...
-¡Pero si iba a llegar a la parte del tyránido de dos cabezas!
-Ya, perdona, estaba ansiosa por escucharla, pero ya me la contarás otro día... Oh, creo que casi no dará tiempo, porque en pocas horas llegamos al planeta Bob, y... ya te llamaré.- Y dejando al joven veterano aún con la boca llena, se dio la vuelta, y de camino al comedor 3 se fue apartando los trocitos de gamba masticada del vestido.

La verdad era que odiaba esos viajes. Se veía obligada a entablar conversación con toda clase de militares machotes, maleducados, vanidosos y pusilánimes que lo único que querían era llevársela a su camarote unos diez minutos (seguro que tardaban menos en cagarse encima cuando disparaban a matar a alguna especie herbívora indígena de tantos planetas vírgenes que se dedicaban a arrasar en por de la "expansión") para luego presumir de otra medallita con sus amigos oficiales.

¿Pero qué podía hacer? Amaba su trabajo, y esa era una de las pequeñas pegas necesarias, pero que no llegaban a entorpecer la placentera satisfacción que sentía al trabajar en los cruceros espaciales más lujosos del sistema Centauri. Valía la pena calentarles la bragueta a unos cuantos niñatos con pistolitas láser con tal de cumplir su sueño.

De camino al Salón Magno, se cruzó con el mismísimo capitán rodeado de algunos de sus ingenieros, que la saludaron efusivamente mientras ella les derretía con un simple y vacío guiño del ojo inclinando el cuello hacia la izquierda y sonriendo (ese gesto era su seña de identidad, la pose que la engrandecía en los carteles y la propaganda de planetas enteros).

¡Mierda! Se había dejado los pendientes en el camarote. Torció corriendo por el siguiente pasillo, y se coló por los pelos en un ascensor a punto de cerrarse.

-¡Oh! ¡Michelle Vorga! ¡Qué alegría, yo y mi marido somos grandes fans! Ahora mismo nos íbamos al Salón Magno para...-el ascensor paró en la 17ª planta, y Vorga salió corriendo sin dedicarle una mirada a aquella anciana. No podía llegar tarde al Salón Magno.

Abrió de un golpe la compuerta del camerino, y revolvió toda la mesilla de noche buscándolos. ¡Y ahí estaban los pendientes! Unos sencillos aros de obsidiana barata que le regaló su madre hace ya casi tres años antes de despedirse en aquel espaciopuerto dejado de la mano de Dios. Y vio en el cajón una amarillenta página arrancada de aquel libro de Fredric Brown que le solía leer su padre de niña, con su fragmento favorito:

"Escapar... bien sabe Dios que necesitamos escapar de esta pequeñez. la necesidad de escapar ha motivado prácticamente todo lo que ha hecho el ser humano en cualquier sentido que no sea el de la satisfacción de sus apetitos físicos. Lo ha llevado por caminos extraños y sublimes. Lo ha llevado al arte y a la religión, al ascetismo y a la astrología, al baile y a la bebida, a la poesía y a la locura. Todas ellas eran formas de escapar, porque no conocía, hasta hace poco tiempo, la verdadera dirección de la huida: hacia fuera, hacia el infinito y la eternidad, lejos de esta pequeña superficie plana aunque redondeada en la que nacemos y morimos, de esta mota en el sistema solar, de este átomo en la galaxia.

Pensé en el futuro remoto, en las cosas que conseguiríamos, y descarté mis conjeturas más disparatadas por insuficientes. ¿La inmortalidad? Alcanzada en el decimonoveno milenio después de cristo y descartada en el vigesimotercero por haberse vuelto innecesaria. ¿La inversión de la entropía, para rebobinar el universo? Obsoleta tras el descubrimiento del nolanismo y la relación concurrente del calco de segundo orden. ¿Suena descabellado? ¿Y cómo le habría sonado la palabra cuántico, o el concepto de la transformación de materia en energía, a un neanderthal? Para nuestros descendientes de dentro de cien mil años somos neanderthales. Nuestras elucubraciones más desquiciadas se quedarían cortas antes lo que harán y lo que serán.

¿La estrellas? Sí, desde luego. Tendrán las estrellas.

Había anochecido.
-¿Qué hora es, tío Max?
-Faltan cuatro minutos.
Los focos se apagaron, y se extendió el silencio. Miles de personas que conteníamos la respiración.

Oh, Dios, Ellen, si pudieras estar aquí conmigo, contemplar el despegue de nuestro cohete. Nuestro cohete, pero más tuyo que mío. Moriste por él.

Aquí, esperando a oscuras, conteniendo la respiración, me siento minúsculo ante él y ante ti, ante el hombre y su futuro, ante Dios, en caso de que exista un dios antes de que la humanidad ocupe su puesto"


No sabía porqué se había parado a releer aquel pasaje con la prisa que tenía. Pero alguna lágrima se le derramó por el camino al Salón Magno. Y al abrirse las compuertas, los aplausos. Subió con paso digno y elegante al escenario. Y unas notas de cristal del piano la invitaron a comenzar.

Y cantó. Cantó con voz rotunda e inquebrantable, melodiosa y salvaje, cantó a su público, a aquella nave, a la colonización, a la guerra, a los pusilánimes y a los soñadores. Cantó a las nebulosas, cúmulos de color y belleza cuasieterna en medio de la oscuridad infinita. Cantó a los anillos de hielo, a los cometas y planetas. Cantó a las constelaciones que habían hecho soñar a sus ancestros.

Cantó al romanticismo, a la aventura y al descubrimiento. Cantó a las fronteras quebradas, al conocimiento del hombre y al ligero parpadeo de su existencia en el universo. Cantó al infinito, a la eternidad.

Cantó a las estrellas, su destino.

Y con la voz a punto de quebrársele, cantó el último fragmento de la pieza por sus padres.

Y los aplausos eufóricos ahogaron la sinfonía del cosmos, en aquel silencio infinito que los separaba de cualquier rincón de vida en miles y miles de kilómetros, elevando a Vorga hacia los confines del firmamento.

Valió la pena por tener las estrellas.



P.D.: Mi más sincero respeto y agradecimientos póstumos a Fredric Brown, y su Las estrellas desafiantes. Porque ya huyó hace tiempo de este universo de locos.


sábado, 14 de mayo de 2011

Sobre bardos, bufones y otras cosas rotas

-¿Así que quieres ser artista, chiquillo?- dijo el gordo hombre mientras se secaba la frente con una trapo bastante mugriento ya. -Pues sal a la palestra, y si lo haces bien, a lo mejor puedes volver mañana.
-Sí, señor.
-Y si lo haces mejor aún, un par de mendrugos de pan, y hasta un vasito el vino para bajarlo, ¿eh?
-Sí, señor.
-Pero que no te pase como al torpe de Timmy en la función del Día de Acción de Gracias. Tengo la sensación de que la señora Pevery me mira mal a través del parche, y me da miedo comprarle a ella el pescado, así que voy al puesto del señor Harris de la esquina con la 4ª de Winston, y desde entonces encuentro el doble de moscas secas en mi estofado.
-Sí, señor.
-Y ni se te ocurra tocar la del Oso Horroroso, las más populares son siempre para el acto final.
-Sí señor.
-Y llámame Hank. Sólo mis aprendices me llaman Señor.
-Sí, Hank.

Un grumillo de merengue salpicó el amarillento bigote de morsa de Hank, lo cual indicaba que había terminado ya el número de Milly (con catastróficas consecuéncias en los vestidos de la primera a la cuarta fila), y auguraba un público difícil para el del sigueinte turno.

-Ve chico, te toca.
-Sí, Hank.
-Y sonríe un poco hombre, piensa en los festines que te darás esta noche y el resto de la gira hasta Londres si haces que se rían después de la decepción de las tartas.
-Sí.

A Hank le daba lástima el chiquillo con cara de palo. No dependía de él llevárselo o no con ellos en la gira, pero ya le había costado mucho conseguirle una oportunidad, teniendo como único abal su amistad con sus muy recientes difuntos padres. No podía llevárselo con él, y eso era lo más triste, que se sentía responsable de que ese niño muriera de frío y hambre en la calle en menos de un mes.

Nunca le había visto actuar, pero se olía a leguas, con sus paros inseguros y erráticos, su mirada perdida y sus escuetas contestaciones que lo único que iba a inspirar en el público sería vergüenza, o muchísimo peor aún en el mundo del espectáculo... lástima.

Y la bella Hanny salió por enésima vez al escenario a lucir escote mientras presentaba la muerte ya anunciada de un número del cual solo sabían que el chiquillo había titulado Chapoteo.

Se hizo la oscuridad. Se encendió un foco que cegó a un espectador de la segunda fila al reflejar en las monturas del chico. Éste se arrodilló sobre las tablas de caoba seca y abrió un fardo sucio y agujereado. Sacó una bellísima flauta de plata, una serpiente de juguete echa de piezas de madera unidas por visagras y engranajes que permitían que ésta "serpenteara" y una rosa de papel.

Se introdujo la rosa en el bolsillo de la pechera de un raída chaquetilla, dándole un toque de señor de la gran manzana (mucho menos glamuroso). Y dio comienzo el espectáculo.

Mediante una conveniente e inteligente sistema de hilos y palos muy finos enganchados a sus codos y rodillas, el chiquillo convirtió a la serpiente de piezas en una ingeniosa marioneta. Cogió la flauta de plata, y tocó una melodía lenta, triste y melancólica, que parecía dar caricias cristalinas en los mismos corazones de los comensales. Y al minuto la serpiente empezó a despertarse.

Se tambaleó al compás de los ahora frenéticos y patizambos movimientos de las articulaciones del niño, marcando un extraño contraste entre la bella sinfonía, la danza de la serpiente y la suya propia.

De repente, la música cambió. Ahora la flauta tronaba ira, ímpetu y odio con notas rápidas pero graves, al son de una serpiente que ahora se mecía suavemente sobre el borde del escenario, invitando a los espectadores a acercarse a ella, y el niño bailando cual caña de bambú a merced de la brisa veraniega.

Y el reptil de madera se enroscó alrededor de su cuello, liberada de ya de sus ataduras de titiritero. El niño se desplomó después de forcejear e intentar arrancar a la serpiente de su pescuezo con todas sus fuerzas, al tiempo que espectadores y actores observaban petrificados algo que no podían creer. Y en un último aliento, el chiquillo agarró la flauta con un solo brazo y sopló muy fuerte durante varios segundos, obstruyendo los agujeros adecuados para que sonara una nota muy grave, semejante al último tañido de un elefante camino del cementerio.

Y la rosa de papel de su solapa estalló en llamas. Y sin necesidad de hilos, la serpiente se cubrió de ascuas alejándose del niño hacia el límite del escenario, preparada para arremeter contra las damas de la primera fila, cuando...

Se cerró el telón.

Y a los diez segundos volvieron a abrirse los pesados velos de terciopelo rojo, y el lastimero chiquillo, con una sonrisa de oreja a oreja, hizo una reverencia al público, con la flauta en una mano, y la serpiente agarrada por el pescuezo en la otra.

Y después ese atronador sonido que llena de júbilo el corazón de actores, malabaristas, bailarines y payasos. La ovación. El apogeo del trabajo bien hecho y de decenas de almas gozosas y agradecidas por el esfuerzo bien llevado.

Los aplausos.

Y al día siguiente, Hank, antes de despedirse de aquel salón de espectáculos que había vista el nacimiento de un gran artista, cogió una rosa de papel desconcertantemente no chamuscada del suelo, se la puso en el sombrero, y anunció:

-Chico, recuérdame que cuando lleguemos a la capital, te enseñe el número de la tortuga y el mimo.
-Sí, señor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Flamante plata

No era que no le gustase tener las sandalias llenas de arena, pero aquello ya era demasiado.

La arena ya le llegaba casi hasta las rodillas, y estaba agotado de enviar fuerza a las piernas para caminar decentemente. Además, la arena le hacía cosquillas entre los dedos de los pies al arrastrarlos veinte centímetros por debajo de la superficie de la arena. Además, estaba helada.

La luna se reflejaba con luz prístina en los escudos y armaduras de sus compañeros de tropa. Pero por ahora eso no era un problema, pues aún estaban resguardados por las dunas que rodeaban la ciudad, y les reflejos de sus equipamientos no les delatarían aún.

¡Atacar en luna llena! ¡Por Júpiter! El decurión que había fijado la noche del ataque era un completo inepto. En cuanto alcanzaran la cima de aquella gran duna que seguramente los separaba de vislumbrar su objetivo, serían tan visibles como una vela en una habitación cerrada, y los acribillarían a flechas antes de haber terminado de deslizarse hasta la falda de la duna.

Pero claro, para eso eran una unidad de asalto. La vanguardia. El primer golpe. La estocada mortal que condenaría el resultado de una batalla desde su mismo comienzo. Suicidas y carne de cañón.

Precisamente el plan ideado por los altos mandos era que aquella tropa comenzara una pequeña escaramuza por la muralla este de la ciudad, mientras el grueso de la legión aparecía por sorpresa con los arietes por la cara norte de la ciudad y, (si sobrevivían hasta que llegaran y volvieran a captar la atención de los flechazos) ellos se unirían al grueso por la brecha abierta en las defensas y tomarían la ciudad.

Sabían por sus espías que en la ciudad no quedaba suficiente mano guerrera para defender la muralla por múltiples flancos, pues el grueso de las fuerzas enemigas había salido hace días a atacar el campamento base en la orilla. En cuanto se concentraran suficientes arqueros en un solo lado de la muralla, el resto de puntos quedarían suficientemente desprotegidos para que las armas de asedio pudieran abrirse paso por las defensas el tiempo suficiente para que la marea del césar arrasara con todo.

Pero seguramente él no llegaría a ver tamaña victoria, y menos a participar en ella. Asco de vida.

Por lo menos aquella era una bonita vista para morir. Destellos de plata sobre fondo azul oscuro del cielo y un turquesa sucio de la arena, en contraste con la saeta de fuego que atravesó el casco del decurión como si fuese de mantequilla.

Aún seguía en sus ensoñaciones cuando levantó el escudo sobre su cabeza de forma automática y casi inconsciente al grito anónimo de “¡Formación de tortuga!”. Se despertó del todo cuando sintió en los nudillos que sostenían el asa del escudo el calor de una flecha ardiente que rebotó contra este. Seguramente alguna maldita escuadra de exploración tanteando las proximidades a la ciudad (lo cual era bastante fácil, dada la luz natural de la que gozaban todos aquella noche), y eso podía dar al traste con los planes de ataque sorpresa.

¡Por Júpiter! Esas flechas de fuego seguro que se verían a leguas de distancia. Habrían dado al traste con el plan, y seguro que ya habían vislumbrado al grueso de la legión al norte.

Oyó la orden de levantar escudos y cargar. Levantó el escudo justo para estrellarlo con un puñal, éste retrocedió y aprovechó para clavar su gladius en carne tostada, que era fácilmente vislumbrable bajo la luna llena.

A los pocos minutos, la arena se tiñó de sangre de los dos bandos, aunque había menos sangre romana que de la del enemigo. A pesar de que éstos conocían bien el terreno y estaban acostumbrados a luchar y moverse en la arena, el equipamiento romano muy superior, por lo que los golpes enemigos hacían el suficientemente poco daño como para que éstos pudieran contraatacar clavando una espada o lanza en sus estómagos. Esa escuadra de exploradores estaba cayendo ante las águilas de Roma.

Cuando ya llevaba tres muertos bajo su cuenta, tropezó con algo y resbaló en la arena. Al recobrar el equilibrio, vio que había tropezado con un herido enemigo, que se estaba arrastrando en el suelo.

Debía de ser el líder de la unidad, pues sus ropajes eran mucho más vistosos que el resto… pero los rayos de luna denotaban sus jóvenes rasgos. ¡Por Júpiter, ese niño había llegado a jefe de una tropa! No era posible que alguien tan joven hubiera conseguido tantos méritos como para escalar a un puesto de mando. Bueno, sea como fuere, no estaba en condiciones de causar muchos estragos en su tropa, dada la cantidad de sangre que manchaba sus perneras.

En tanto que se decidía entre rematar al herido o darse la vuelta y ocuparse a socorrer a otros compañeros en combate, éste detuvo sus movimientos reptantes ante un objeto brillante, lo frotó eufóricamente con los dos brazos, casi como si fuese a romperlo, y gritó:

-¡Djinn, mi segundo deseo! ¡Calcina a estos extranjeros!

Pensó que era algún tipo de maldición pagana, y se quedó perplejo unos segundos, hasta que se decidió por terminar con el sufrimiento de aquel demente, para así seguir con la batalla. Pero algo entre los brazos del herido empezó a brillar, y un destello más refulgente que todas las saetas de fuego de una legión en una noche oscura se elevó varios metros hacia el cielo.

De pronto dejó de escuchar la canción de las espadas, como si ese destello rojizo hubiera enmascarado incluso los sonidos de la batalla, y algo ocultó la luna a sus ojos. Se materializó delante enfrente de Lunae una especie de hombre ardiente, de dimensiones monstruosas, con hombros tan anchos como tres hombres, con un brillantor refulgente que parecía recorrer todas las fibras de su cuerpo.

-¡Por Júpiter!- y el ser de fuego golpeó con uno de sus grandes puños sobre la arena, que quedó cristalizada, y un par de legionarios que estaban cerca quedaron carbonizados, literalmente, solo quedando parte de sus armaduras humeantes en un cráter de arena.

¡Una onda expansiva lo lanzó varios metros hacia atrás!

¿Era acaso magia? ¿Cuál de sus dioses era capaz de enviar ese poder? ¿Acaso no estaban todos los poderes divinos del lado de Roma?

Mientras ese vástago de Marte hacía estragos con sus puños llameantes entre las filas romanas, él se levantó y corrió hacia el capitán herido, de entre cuyos brazos aún surgían un halo de luz roja que conectaba con el ser de fuego.

Le atravesó la cabeza con su gladius de un corte limpio, justo antes de que el puño llameante del monstruo le alcanzara.

Y todo se oscureció.

Lo primero que vio al despertar fue la eterna luz de la luna sobre una duna salpicada de armaduras plateadas chamuscadas y cadáveres pidiendo clemencia. Ni siquiera le dolía la salvaje quemadura del brazo derecho hasta que la vio. Y allí estaba. Un reflejo rojizo titilaba entre la arena, a pocos pasos del ya cadáver del capitán explorador, al que ya no se le distinguía la zona de la cara en la que un día seguramente tuvo una nariz. Se acercó y desenterró de la arena una pieza dorada que parecía un recipiente, algo oxidado y recubierto de rubíes, con tallados de hombres llameantes alrededor de un sol refulgente, en variadas escenas que parecían representar a estos hombres cubiertos de llamas arrodillados ante hombres normales.

¿Era el último que quedaba de su tropa de asalto? ¡Por Júpiter! Escaló corriendo el trecho que quedaba de la empinada cara de la duna, y por fin vislumbró las murallas de la ciudad, y una marea de destellos plateados que se agolpaban contra la puerta norte de la ciudad, sufriendo saetazos de fuego a destajo.

Y como si una mano invisible hubiera guiado sus pensamientos hacia la respuesta, frotó el recipiente dorado de brillo rojizo y gritó intentando que sus plegarias llegaran hasta todos los dioses de Roma.

-¡Djinn! ¡Deseo…!

Y así es como Cartago fue arrasada.