sábado, 1 de septiembre de 2012

Los hijos del viento

El invasor tomó la ciudad, con crueldad y ensañamiento, y después de incendiar los establos del reino de los jinetes y espantar y dispersar a sus caballos hacia las infinitas llanuras, entró al castillo, con el llanto del acero frío retumbando entre los pasillos y las bóvedas. Quiso sentarse en el trono. Pero en la sala de audiencias solo estaba el príncipe destituido.

-Aquí solo hay mierda de caballo. Dime dónde guardáis la dichosa silla de vuestros reyes, porque quiero sentarme después de la dura batalla, y presenciar desde ahí como cercenan miembros a tu pueblo.
-Jamás poseerás este reino. Porque no eres uno de nosotros, y solo alguien que pertenezca a este pueblo puede sentarse en el trono. Solo podrá gobernar quien conozca las infinitas llanuras de hierba, los ríos y las colinas, alguien que sienta el latir del sol en los atardeceres mirando más allá de las montañas bañándose en la dorada luz del sol, alguien que escuche las canciones del viento en sus, no con sus oídos, sino con su corazón mientras cabalga bajo la luna de plata. Somos un pueblo libre, como los caballos, dioses de la voluntad de avanzar hacia donde uno desee. El amor a los caballos es un camino, no hacia la sabiduría, sino a través de ella, y hacia ninguna parte o hacia todas, allá donde el corazón del pueblo libre ansíe llegar. Por eso nunca, escúchame, nunca podrás gobernarnos, porque no nos conoces, y sientes lo que sentimos, no conoces a los caballos, no conoces la libertad y por eso nos la quieres arrebatar.
-Si esta es la sala de audiencias, ¿dónde está el maldito trono?
-Se fue.
-¿Cómo que se fue...? No me vengas con adivinanzas orientales o te cortaré otro dedo!
-Pues somos un pueblo libre, un reino libre, un rey libre y... un trono libre. El trono de nuestro señor legítimo es una silla de montar, la cual va sobre un caballo de linaje... un caballo al que soltaste y espantaste cuando tomaste a fuego y acero el castillo e incendiaste nuestras villas. ¡Ahora el trono sin el cual este pueblo jamás te obedecerá vuela libre hacia dónde le lleve el viento, porque es nuestro trono, el trono del pueblo, y como tal nos representa!

Entonces el joven rey murió. Y el malvado invasor, después de varios meses de intentos de tiranía, se fue por donde había venido. Porque no podía domar a un pueblo que solo podía tener por cadenas la gravedad que los ataba al suelo y el tiempo que se les había dado en la tierra. Se fue y no volvió, porque nadie le obedeció, aún cuando diezmó a la población a base de hambre, torturas y ejecuciones.Porque ese pueblo era un ser, un ser libre, que decidió que aquel no era su gobernante legítimo, y así fue.

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