sábado, 15 de septiembre de 2012

Hotel de mil estrellas

Tengo un amigo que estuvo en un hotel de mil estrellas. Juró que fue el más bonito en el que estuvo jamás en su vida, el más bello, el más brillante, el más inmenso. Decía que podías darte una vuelta por donde quisieras, hasta cambiarte de habitación y echar el sueño al lado de otro viajero. Se podría decir que pertenece a una gran cadena hostelera, pues puedes encontrar una sucursal en cualquier continente, en cualquier país. Es una cadena bastante antigua además, pero fiable, clásica incluso.
Y lo más sorprendente de todo es que ¡no era caro! Juraba y perjuraba que era el hotel más barato del mundo, y del que mejores recuerdos te llevabas. Podías estar en él una noche o pasarte un mes entero a la bartola, admirando el lugar, solo preocupándote del sustento alimenticio.

Mi amigo dormía bajo las estrellas, a veces con saco, a veces sobre la hierba, a veces abrigado, a veces casi desnudo, a veces con una mochila más grande que él, a veces sin nada más que lo puesto, a veces acompañado, a veces solo con sus pensamientos. Siempre con alguna canción en el corazón, y el silencio también es una.

Mi amigo soy yo, porque después de tantas noches frente al infinito tapiz de azul y plata, me hice muy amigo mío, el mejor de todos, porque me conocí, me admiré, me odié, me perdoné, me enseñé, me acepté.

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