sábado, 22 de septiembre de 2012

Balada para el Señor Oso

Fue el vestido.

El vestido verde claro, ondeando presa de la brisa fresca y suave de aquella noche griega. Fue el culpable de todo. Y también el pelo. Esa dulce melena castaña, que parecía lanzar destellos al reflejar la luces de la plaza. También fue culpable. No, no, no, fue la risa. Una canción en sus pulmones, de cascabeles y campanas de cristal, viento de abril por su garganta. Sí, puede que la risa tuviera la mayoría de la culpa.

La falda volvió a ondear. Esta vez no sintió el viento en su cara. El aire estaba quieto, congelado, paralizado, expectante. Pues ella se puso a bailar, y ni siquiera el viento quiso perdérselo. No pudo evitarlo, y se acercó un poco más, para ver mejor. Y vio mejor, unos labios rojos como la sangre, como el fuego, pasión. Y el bailar. Su forma de bailar, era como ver al viento mismo cabalgar sobre el tañido dulce de un piano, agudo, suave, salvaje, tierno y excitante. No, jamás se decidió sobre si fue su risa o su baile.

Pero el Señor Oso se enamoró, y le echó valor, y se acercó más, y más, y entró a la plaza, y la gente se apartó, y oyó gritos, y se paró la música, y ella, ella, ella le miró, le miraba a él, y él intentó ser dulce, intentó ser amable, le tendió el brazo para bailar...

Y ella le dedicó la sonrisa más bonita del mundo. Le agarró de la zarpa, y bailaron sin música, solo con el viento y el oleaje de las islas del pensamiento, y la música volvió a sonar en algún momento, pero ya pasaron siglos hasta que ellos dos se dieron cuenta, pues volaron más allá de las estrellas, las galaxias, los arco iris y las penas, donde los barcos florecen y las flores lloran cristal, y pocos lo recuerdan ya, pero esa noche fueron canción.

Y la gente de la laza se fue a casa muchísimo antes de que terminasen de bailar, pues era una noche fría para ser abril.

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