sábado, 8 de septiembre de 2012

Ataúd de segunda mano

El traje era de calidad, eso seguro. Era hecho a medida, se notaba por lo ceñido que iba al cuerpo, destacando los hombros y la zona de los pectorales, apretándose por la zona de la cintura para acentuar la figura del portador. Tenía bastante clase, de ese color gris plateado tan moderno y rayas negras verticales muy final que decían algunos que daban sensación de altura a quién las miraba. Y los zapatos. Negro reluciente, hacías bellísimas las llamas del mechero al reflejarse en ellos. Por supuesto, los zapatos hacían juego con unas gafas de sol de esas de policía motero americano que tanta autoridad daban. Y con la corbata, con un broche de cristal claro enganchado que resaltaba como una estrella en medio de un océano de ébano líquido.

Y la flor, qué decir de la flor. Era el toque vital de estilo que coronaba una combinación de por sí espléndida, fabulosa y clásica. Roja como la sangre, en la solapa izquierda de la americana del traje, justo sobre el corazón, parecía una extensión de éste, como un brazo que estirara para agarrar aquello que deseaba del mundo terrenal, o atraerlo hacia sí con ese color tan vivo y esos pétalos tan grandes, tan salvajes.

La camisa era blanca. A veces la sencillez es más que suficiente.

Todo esto, en conjunto, hacía del individuo que llevaba un traje un completo señor, un caballero, un gentlemen como decían en las altas esferas.
Sin duda era preferible compartir espacio con aquel elegante huesudo a que Don Carbonara hubiera elegido la tumba de algún patán jornalero para que liquidara su deuda. La llama del mechero empezó a reducirse, la luz fue atenuándose, y con ella, el oxígeno.

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