sábado, 25 de agosto de 2012

Rayos y centellas

Esto ocurrió, como la mayoría de los cuentos, en un bosque. Un bosque alejado de la civilización, que abrigaba un precioso riachuelillo en el que bebían animales de fantasía solo cuando una niña pequeña e inocente se acercaba para espiarlos fascinada y luego, tímidamente, intentar acariciar a un ciervo. En este bosque no había niña, pero sí los animales, durmiendo, cazando o fornicando, según el momento del ciclo de la vida en que se encontraran (nos encontramos a media tarde).

Como decía, era una foresta típica de los cuentos. Cuenta una canción sobre un leñador que se internó en este bosque para talar todos los árboles de éste por orden de un rey que había hecho una apuesta con una bruja sobre si el leñador sería capaz de talar el bosque entero en siete días y seis noches. La bruja, como bruja que era y con al picaresca que suele ir acompañado el título cuasinobiliario, le entregó un hacha mágica al leñador para equilibrar la balanza un poco a su favor (se jugaba el trono, una espada mágica y hasta la mano de un principito adolescente con bastantes papeletas para ser el protagonista de unas cuantas canciones cuando cumpliera la mayoría de edad). Al final el leñador le corta la cabeza a la bruja y al rey la barba, y la canción termina con una típica moraleja sobre el respeto a la naturaleza y a nuestros patrimonios naturales (y con una métrica excelente). A lo que iba, en todas las tabernas de la región se sabe que el bosque cuenta con mil y un gigantes arbóreos (ni uno más ni uno menos, la métrica lo exigía, y el viento y demás mecanismos naturales de dispersión genética deben respetarlo).

También cuenta una leyenda de las aldeas de las montañas que ese es un bosque sagrado donde, el único lugar de las tierras de los mortales donde los dioses permiten crecer la flor que los dota de inmortalidad. Pero no son gratis, pues cuentan también que hay un ogro lobo de cuatro brazos custodiando el claro más profundo del bosque, donde crecerían las supuestas flores. Casualmente, el ogro lobo también aparecía en la canción del leñador, y perdía un brazo por el hacha mágica (en la canción nadie habla de las flores y de si el leñador consiguió coger alguna).

Y ahora comienza la historia.

Erase una vez que se era, un humilde campesino que acudió, como todos los finales de mes, al mercado de la ciudad para vender sus quesos. El lugar estaba abarrotado de gente, ese día más que las otras veces que él recordaba, y llevaba viniendo con su abuelo desde que aprendió a sostenerse en pie.

Como siempre, buscó el tenderete rojo más cercano a la fuente de la plaza, pues allí era donde mejor le compraban el queso siempre que venía, y él prometía siempre volver a su puesto el primero con su carretilla para vender al comerciante sus mejores quesos antes que a nadie.

No había nadie. Ni siquiera el tenderete rojo. Seguramente estuviese enfermo, o se hubiera entretenido más de lo habitual con algún negocio en alguna aldea cercana. Había más mercaderes en el mercado, así que siguió dando vueltas hasta pararse en un tenderete de tela negra y un joven atendiendo. Tenían mucho embutido, así que trucó unas cuantas ruedas de queso por su equivalente (apalabrado y con algún regateo) en derivados porcinos, y con la sensación de haber hecho un buen negocio, siguió paseando por la plaza.

Cuando ya se ocultaba el sol, había vendido la mayor parte de la mercancía, y muy satisfecho de sí mismo, aparcó la carreta en el establo de una taberna y pidió comida y cama para una noche. Normalmente no tardaba tanto en vender sus productos, porque aquel mercader del tenderete rojo le compraba la mayoría y poco después de la hora de la comida ya se iba a casa. Pero había tenido que regatear por primera vez con mucha gente desconocida que intentó engañarle un poco, como todo negociante, y la cosa se alargó hasta casi el anochecer. Muy pocas veces había tenido que quedarse a dormir en el pueblo, y no se atrevía a salir con la carreta de noche.

La taberna estaba abarrotada, y solo encontró sitio para sentarse en una mes ya ocupada, en una esquina de la sala, donde solo había una anciano comiendo un plato de sopa de ajo y pan. Educadamente, le pidió permiso para sentarse a su mesa, y el anciano le respondió que si le pagaba la humilde cena, éste le dejaría sentarse a su más humilde mesa y le haría un regalo.

El campesino accedió, pues las ganancias de aquel día excedían con mucho el precio de una triste sopa, y aquel pobre anciano le daba lástima. Charlaron sobre el tiempo y las fiestas de la cosecha que estaban por llegar, y al levantarse el campesino para irse a su habitación el anciano le extendió un trozo de pergamino arrugado. Y sin mediar palabra, también se levantó y salió de la posada corriendo, a la fría noche.

Y a la luz de las velas en su habitación de posada, el campesino descubrió que tenía en sus manos un mapa. Un mapa de un árbol de monedas en algún lugar del bosque que había siguiendo el río abajo. No podía ser falso, pues el papel del pergamino era más antiguo que el mismo anciano.

Y como esto es un cuento, el campesino fue raudo al día siguiente al bosque del mapa, sin sospechar que pudiera se runa trampa, o un tipo, o una fantasía de un viejo senil.

Llegó a una claro, lleno de flores rojas bastante llamativas, pero después de pisotear algunas, se acercó al árbol de piezas de oro y, al coger una...

Un rayo le alcanzó, y ese fue el final del bosque, que se incendió junto a los bellos animales, las flores y el ogro lobo que se acercaba a la espalda del campesino.