domingo, 29 de enero de 2012

La venganza de Gaia

Y aquel cuervo graznó.

No quiso que se notara la inquietud que le había producido el sonido de ese sucio pajarraco. Tenía que parecer seguro de sí mismo delante del director y el resto de accionistas. Aquella era una oportunidad única, que tardaría muchos años en volver a presentarse si la desperdiciaba, en caso de volver a presentarse. Se había pasado meses y meses lamiéndole el culo a ese viejo verde de Mendoza para que le considerara en su círculo de lameculos particulares a los que lanzar un hueso de vez en cuando a cambio de hacerle sentir importante. El hueso en cuestión era invitarlo a unas de las partidas de caza privadas del Presidente y algunos miembros del consejos de accionistas.  El cerebro del banco en el que llevaba años ascendiendo. Si conseguía caerles bien, mostrarse como un emprendedor con capacidad de liderazgo, tenacidad, iniciativa e hipoputismo para pasar por encima de cualquier competencia que se interpusiera en el camino del consejo del dirección, lograría que le nombraran protector del baluarte que eran sus beneficios anuales. Perdió los escrúpulos para poder desahuciar a familias numerosas sin siquiera mirarles a los ojos, no los iba a tener tampoco a la hora de pegarle un tiro en el culo a una jodido ciervo. Y qué coño, luego se lo iba a comer. Qué hambre tenía después de pasarse toda la mañana desde temprano pateando el monte con un montón de viejos obesos cuasifascistas. Ese ciervo lo iba a pagar.

Unos meses después, rememorando el suceso, no logró discernir el porqué de empanarse en medio de una bajada repasando sin necesidad alguna unas motivaciones que habían arraigado en su ser desde poco antes de terminar primaria. Fue por esos instantes de distracción por lo que se desencadenó todo.

Inmerso en sus cavilaciones, resbaló con una piedra, se deslizó de culo sobre las tierra levantada hasta cinco metro ladera abajo, atropellando a directores de marketing y recursos humanos junto al contable jefe de la cuarta planta y el presidente, se le cayera a este el rifle sin seguro al suelo y le abriera un nuevo ano a un encargado de contratación.

La cosa no habría llegado a mayores si el accidente no les hubiese ocurrido en un parque nacional protegido (el único lugar en las inmediaciones de la ciudad con ciervos). Cuando llegaron la ambulancia y los correspondientes agentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado a repartir multas a diestro y siniestro, a un inspector cabrón se le ocurrió indagar en las sospechosas operaciones de la entidad bancaria. Hoy se encontraba en la cola del paro rememorando el primer y último día de caza de su vida.

Por el cuervo de los cojones.

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