miércoles, 28 de diciembre de 2011

LEO-142

Tengo miedo.

Eso me dijo mi abuelo la noche que zarpamos. Bueno, esta noche. Bueno, no, hará ya cuarenta años de aquello. Pero puedo afirmar que no he vuelto a ver un amanecer desde que aquel "día" nos adentramos más allá de la órbita de la luna en dirección a la nebulosa de Cáncer.

Yo no tenía claro por entonces porqué nos íbamos. Escuchaba a mi madre y a mi abuelo hablar sobre industria, guerra, enfermedad, esclavitud. No recuerdo de la vieja Tierra más que estar jugando a la pelota con un niño con gorro de lana rojo cerca detrás del Hospital Público abandonado (que cerraron cuando mi abuelo era niño, de los últimos gratuitos para el ciudadano solía soltar en sus peroratas diarias).

Bueno, debía tener ocho años cuando escuché a mi abuelo decirle eso a mi madre, en voz muy baja, convencidos los dos de que dormía. Mi abuelo, el gran abuelo, tan fuerte y valiente, de duro carácter, que siempre nos había protegido. Tenía miedo. Yo también.

Fingí dormir para no perderme el momento en que aceleráramos. La nave dio un par de bandazos, y mi abuelo maldijo por lo bajo que los mercados no nos dejarían pasar de la órbita, peor mi madre le agarró la mano, me acarició los cabellos y tranquilizó al abuelo como si él también fuera su retoño. Ella era y sigue siendo la persona más valiente que he conocido. 

Por fin, conseguí vi por el gran ojo de buey las grandes minas de minerales de la luna. Me parecía increíble que de verdad alguna vez hubiera sido redonda. A lo mejor lo era cuando padre murió allí. Apenas puedo verlas durante un minuto. 

Hoy sé que fue en ese instante, pasada la frontera electromagnética de los dispositivos de seguridad de la Guardia Mercantil, cuando encendieron el motor de neutrinos y alcanzamos velocidades supralumínicas.

Hoy sé que aquel "día" una flota de 231 naves intentó escapar de la Tierra. Entre los disparos durante todo el trayecto hasta la luna, las naves que se perdieron o directamente se desintegraron durante el salto, las que sufrieron alguna avería grave a lo largo de estos años o las tripulaciones de las cuales se han suicidado colectivamente a causa de la desesperanza... Sólo queda esta.

Hacía años que no veía a mi madre tan animada. Casi parece que entiende lo que ocurre a su alrededor. No para de mirar el ojo de buey del camarote. Sabe que hoy hay algo especial que ver. Una gran esfera azulada eclipsando una blanca estrella. Nuestro primer amanecer en décadas. Terminó la gran noche.
Un nuevo hogar

Feliz año 2184, abuelo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Hijo de San Jorge

Érase una vez que se era, un hombre pegado a un escudo oxidado. En realidad era una caballero, mas no se sabía bajo qué emblema luchaba ni contra quién. Se deducía que luchaba porque iba armado, y no era un jinete libre porque lucía un blasón en el escudo. Pero tan oxidado estaba este que no se distinguía la heráldica. Apenas unos trazos se intuían.

Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.

Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.

Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro  a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.

Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.

El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.

Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.

Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.

Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.

Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Colección de haikus propios I: Espada brillante

Una tortuga admira el cielo lluvioso
el lobo aúlla a la luna
y la ciudad ruge.

Dos rocas verdes al fondo del río
el anciano ermitaño encuentra la paz
y la muerte se le lleva.

¡Hierve! ordenó el terrateniente
los cuervos silban al festín
y la plata se derrama en carmesí.

El iluminado se reencarna
la tortuga instruye al viento
y se sirve la tempestad.

Venganza clama el pueblo
huyen los cuervos
pues la carroña se ha levantado.

El usurpador de la tierra
se remueve entre las cenizas
pues el arco de Om le ha alcanzado.

Los lobos dejan de aullar
hay una nuevo explorador en el bosque
surcará los vientos por siempre jamás.


La espada brillante que corta el viento de la primavera, apuntando al cielo