lunes, 5 de diciembre de 2011

Hijo de San Jorge

Érase una vez que se era, un hombre pegado a un escudo oxidado. En realidad era una caballero, mas no se sabía bajo qué emblema luchaba ni contra quién. Se deducía que luchaba porque iba armado, y no era un jinete libre porque lucía un blasón en el escudo. Pero tan oxidado estaba este que no se distinguía la heráldica. Apenas unos trazos se intuían.

Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.

Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.

Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro  a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.

Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.

El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.

Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.

Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.

Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.

Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.

1 comentario:

  1. Muy buen texto, mi querido Luismi, y deja una moraleja para el que quiera encontrarla.
    En mi caso digo: a Dios se lo ve en los momentos más extraños y en los lugares más insospechados.
    Un abrazo enorme y aprovecho para desearte una Feliz Navidad.
    HD

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