domingo, 27 de noviembre de 2011

El bueno de Korsakov

Tenía una buena portada, como decía mi abuelo.

Era el hombre más normal del mundo. Era serio, pero correcto y amable, incluso bondadoso cuando se le pedía ayuda. No llegaba a cascarrabias, pero tenía carácter. Tampoco hacía ruido. Puede parecer una tontería, pero aquel era un detalle fundamental. Le gustaban las cosas bien hechas, claras y el chocolate espeso (con unas gotas de miel en vez del acostumbrado café del almuerzo). No se retrasaba, excepto cuando había que acompañar hasta el coche a algún becario al que se le terminaba el contrato, al tiempo que le daba ánimos y le convencía con palmaditas en la espalda de que no era culpa suya, que estuvimos muy contentos con él, y que no tardaría nada en colocarse. Estaba muy comprometido con la juventud.

Ohh, y siempre tenia algo que comentar sobre arte en el ascensor. El museo municipal recibió muchas visitas de los empleados de esta empresa solo por su buena publicidad. Esos temas de conversación siempre eran mejor recibidos que la política y las desgracias diarias en países lejanos. Y era de agradecer que parara el ascensor cuando venías corriendo, eran esos pequeños detalles que te alegraban el día en la oficina.

Por eso nos extrañó tanto, señor comisario. Malos pensamientos, Dios nos ampare...

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