viernes, 28 de octubre de 2011

Ser

Miau, dijo el gato.

Se sobresaltó, pues llevaba casi diez minutos sin escuchar a un ser vivo. Bueno, a un ser orgánico. Los coches que pasaban a algo más de cuarenta por hora a su izquierda también podían calificarse de "vivos". No sólo por el movimiento. Los veía acercarse desde el horizonte, cada uno con su color, su sonido de fricción con el aire característico, y unos rostros muy humanos detrás del cristal delantero. Tal vez esos cruces de miradas, uno al volante y el otro a pie, eran el detalle decisivo, el que daba esa chispa de ser a aquellos armatostes de acero con ruedas.

Miau, le contestó al gato. 

El idioma apenas importaba en aquellas situaciones. En aquellos ratos de retiro espiritual, volviendo a casa andando mientras bajaba la borrachera, con las neuronas aún más valientes de lo normal, en medio de la ciudad nocturna, el lenguaje universal invadía cada acto comunicativo, y la vida intercambiaba información a través de cada uno de sus receptores materiales.

Ese miau humano decía muchas cosas a la vez. Los ojos amarillos del minino callejero le miraron, reflejaron la luz de la luna en un parpadeo, y se fueron corriendo calle abajo.

¿O sería verdad aquello de que los gatos tienen poderes psiónicos?

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