sábado, 8 de octubre de 2011

Gloria

¡Hacia la gloria! -gritaron mil gargantas al cielo.

La horda de armaduras negras marchaba a paso ligero, en perfecta formación de cuña, sin que sobresaliese apenas ningún soldado por los extremos, como si alguien hubiera metido cientos de hormigas en un molde de cristal.

La rabia impulsaba sus brazos y piernas en la marcha, esa la sed de venganza, ese furor que se desata por las venas cuando se sabe que correrá la sangre; eso era lo que los empujaba hacia el acantilado.

Y al fondo del acantilado les esperaba ella. La bestia legendaria que había engañado y torturado a tantos héroes a lo largo de miles y miles de años. Les llamaban Legión, porque eran muchos. La Legión pasaría a formar parte de las canciones. Los reinos temerían su leyenda, y los niños soñarían con ser como ellos a lo largo de las siguientes eras. Nadie podía vencerlos. Ni siquiera la bestia.

-Pero... ¿realmente nos ha hecho nada ese bicho?

La Legión paró en seco.

Después de la sonada paliza, la marcha siguió. Ahora otra voz distinta:

-Eso de lanzarnos por un precipicio para caer encima de una serpiente gigante que no nos ha hecho nada solo para hacernos famosos y tal... ¿No es un poco... no sé, raro?
-Eso decía yo antes... ¿Tiene esto algún sentido? -dijo el primer apalizado, y escupió un diente.

La Legión se detuvo.

Ahora dos cabezas decoraban la pica del general en la punta de cuña de la formación.

Y por coraje, ira, venganza, ego, soberbia, estupidez, por todas esas cosas les conocerían siglos después tras esa gesta. Ellos mismos lo llamaban gloria. Porque solo ellos tenían razón, solo ellos conocerían la verdad, y por ella luchaban. Sí...

Y el ejército se lanzó por el precipicio, como una manada de lemmings, apuntando con sus lanzas hacia el suelo para clavarse en el cuerpo del monstruo cuan avispones negros.

Y por coraje, ira y holocausto ante el rojo amanecer, murieron en los riscos. Por las canciones.

Y la serpiente, sonriendo, se mordió la cola.

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