domingo, 25 de septiembre de 2011

El exilio

Abrí la puerta y otra horda de engendros se abalanzaron sobre ellos.

Dí cuenta del primero que travesó el umbral con un certero y rápido tajo en el pecho, y fue rematado por una flecha de Mirdin directamente en la testa. Al caer el cuerpo al suelo, entraron corriendo otros dos pertrechados detrás de sendos escudos redondos de robusto acero. Dí un par de estocadas de advertencia, pero apenas supusieron un par de rasguños en los reflectantes escudos, pero antes de que consiguieran echarse sobre ellos, Günter los aplastó con unos un par de potentes mazazos de su martillo y, indefensos, fueron aniquilados por mi espada de cristal élfico.

Con valor atravesamos el umbral de la puerta y salimos a una gran sala circular donde nos esperaba un fila entera de arqueros monstruosos de piel gris y escamosa, y tras ellos el malnacido mago que les había instado a asaltar su torre desde las almenas de esta horas antes. Sin duda el ascenso fue largo y duro, y nuestros cuerpos estaban amoratados y sangrantes, pero nuestras voluntades no tenían nada que envidiar a las montañas que les albergaban, y con varios rostros sonrientes en nuestros corazones y voces de amigos perdidos en la cabeza, nos lanzamos sin dudar a la que tal vez fuese su última batalla.

La de los orcos, sin duda.

Tras una dura escaramuza, arranqué de un tirón el Amuleto del Discernimiento del cadáver del hechicero orco. Tal como decían las leyendas, sentí como mis entereza y vigor crecían como la espuma la espuma de una cerveza fría recién escanciada, pero sus movimientos se volvieron más lentos. Una lástima lo del maná, pues como guerrero que era, no sabía ni le interesaba comprender ese tipo de poder, pero aún así le parecía un pequeño desperdicio de entre los dones que otorgaba el accesorio no poder aprovechar la magia.

No se lo iba a dar a su compañera Elena del Manantial, pues el último definitivo al brujo se lo dio él mismo, así que le correspondía el reparto del botín, cuan león líder de una manada.

Pero la hechicera elfa era pérfida y envidiosa, y no respetaba los juramentos. Al bajar de la torre, me sorprendió por la espalda con un conjuro paralizador, del cual no pude defenderme, y su poderosa bola de fuego acabó con mi vitalidad en un santiamén. Mientras tantos nuestros compañeros de aventura miraban sin inmutarse.

-Me llevo como premio el amuleto mágico y también todas tus pociones de curación. También exijo tu Anillo del Advenimiento.
-Tómalo todo, sucia bruja de orejas de punta. Pero juro que no volveré a compartir contigo una búsqueda, y recorreré todos los clanes de las bastas montañas del Hielo Eterno, y formaré una compañía de valientes para perseguirte como a la perra que eres y saciar mi venganza.

Dicho esto, con el corazón henchido de rabia, apagué el ordenador y me fui a la cama. Ya eran las 2, y a las 8 y media tenia clase en la facultad. El madrugón me sentó fatal y la sonrisa que me dedicó Elena al sentarse conmigo me terminó de amargar la mañana.

-¡Serás zorra! Cuando llegue al nivel 75 consiga la montura de grifo matamagos, te enterarás. ¡Nadie se burla de Krom el Sanguinario!
-Deja ya de friquear y enciendo el portátil, que ya ha empezado la clase.

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