sábado, 21 de mayo de 2011

Space Opera

-¿...y le he contado la historia de esta otra?
-Sí, la de... ¿las borlas verdes? No, creo que n...
-De la campaña de Kronus. Verás, fue una historia graciosa, perdí a mi escuadra cerca de una baliza deshechada...
-¡Uy! ¡Qué tarde es! Lo siento, me ha encantado escuchar las maravillosas historias de tus condecoraciones, pero me esperan en el...
-¡Pero si iba a llegar a la parte del tyránido de dos cabezas!
-Ya, perdona, estaba ansiosa por escucharla, pero ya me la contarás otro día... Oh, creo que casi no dará tiempo, porque en pocas horas llegamos al planeta Bob, y... ya te llamaré.- Y dejando al joven veterano aún con la boca llena, se dio la vuelta, y de camino al comedor 3 se fue apartando los trocitos de gamba masticada del vestido.

La verdad era que odiaba esos viajes. Se veía obligada a entablar conversación con toda clase de militares machotes, maleducados, vanidosos y pusilánimes que lo único que querían era llevársela a su camarote unos diez minutos (seguro que tardaban menos en cagarse encima cuando disparaban a matar a alguna especie herbívora indígena de tantos planetas vírgenes que se dedicaban a arrasar en por de la "expansión") para luego presumir de otra medallita con sus amigos oficiales.

¿Pero qué podía hacer? Amaba su trabajo, y esa era una de las pequeñas pegas necesarias, pero que no llegaban a entorpecer la placentera satisfacción que sentía al trabajar en los cruceros espaciales más lujosos del sistema Centauri. Valía la pena calentarles la bragueta a unos cuantos niñatos con pistolitas láser con tal de cumplir su sueño.

De camino al Salón Magno, se cruzó con el mismísimo capitán rodeado de algunos de sus ingenieros, que la saludaron efusivamente mientras ella les derretía con un simple y vacío guiño del ojo inclinando el cuello hacia la izquierda y sonriendo (ese gesto era su seña de identidad, la pose que la engrandecía en los carteles y la propaganda de planetas enteros).

¡Mierda! Se había dejado los pendientes en el camarote. Torció corriendo por el siguiente pasillo, y se coló por los pelos en un ascensor a punto de cerrarse.

-¡Oh! ¡Michelle Vorga! ¡Qué alegría, yo y mi marido somos grandes fans! Ahora mismo nos íbamos al Salón Magno para...-el ascensor paró en la 17ª planta, y Vorga salió corriendo sin dedicarle una mirada a aquella anciana. No podía llegar tarde al Salón Magno.

Abrió de un golpe la compuerta del camerino, y revolvió toda la mesilla de noche buscándolos. ¡Y ahí estaban los pendientes! Unos sencillos aros de obsidiana barata que le regaló su madre hace ya casi tres años antes de despedirse en aquel espaciopuerto dejado de la mano de Dios. Y vio en el cajón una amarillenta página arrancada de aquel libro de Fredric Brown que le solía leer su padre de niña, con su fragmento favorito:

"Escapar... bien sabe Dios que necesitamos escapar de esta pequeñez. la necesidad de escapar ha motivado prácticamente todo lo que ha hecho el ser humano en cualquier sentido que no sea el de la satisfacción de sus apetitos físicos. Lo ha llevado por caminos extraños y sublimes. Lo ha llevado al arte y a la religión, al ascetismo y a la astrología, al baile y a la bebida, a la poesía y a la locura. Todas ellas eran formas de escapar, porque no conocía, hasta hace poco tiempo, la verdadera dirección de la huida: hacia fuera, hacia el infinito y la eternidad, lejos de esta pequeña superficie plana aunque redondeada en la que nacemos y morimos, de esta mota en el sistema solar, de este átomo en la galaxia.

Pensé en el futuro remoto, en las cosas que conseguiríamos, y descarté mis conjeturas más disparatadas por insuficientes. ¿La inmortalidad? Alcanzada en el decimonoveno milenio después de cristo y descartada en el vigesimotercero por haberse vuelto innecesaria. ¿La inversión de la entropía, para rebobinar el universo? Obsoleta tras el descubrimiento del nolanismo y la relación concurrente del calco de segundo orden. ¿Suena descabellado? ¿Y cómo le habría sonado la palabra cuántico, o el concepto de la transformación de materia en energía, a un neanderthal? Para nuestros descendientes de dentro de cien mil años somos neanderthales. Nuestras elucubraciones más desquiciadas se quedarían cortas antes lo que harán y lo que serán.

¿La estrellas? Sí, desde luego. Tendrán las estrellas.

Había anochecido.
-¿Qué hora es, tío Max?
-Faltan cuatro minutos.
Los focos se apagaron, y se extendió el silencio. Miles de personas que conteníamos la respiración.

Oh, Dios, Ellen, si pudieras estar aquí conmigo, contemplar el despegue de nuestro cohete. Nuestro cohete, pero más tuyo que mío. Moriste por él.

Aquí, esperando a oscuras, conteniendo la respiración, me siento minúsculo ante él y ante ti, ante el hombre y su futuro, ante Dios, en caso de que exista un dios antes de que la humanidad ocupe su puesto"


No sabía porqué se había parado a releer aquel pasaje con la prisa que tenía. Pero alguna lágrima se le derramó por el camino al Salón Magno. Y al abrirse las compuertas, los aplausos. Subió con paso digno y elegante al escenario. Y unas notas de cristal del piano la invitaron a comenzar.

Y cantó. Cantó con voz rotunda e inquebrantable, melodiosa y salvaje, cantó a su público, a aquella nave, a la colonización, a la guerra, a los pusilánimes y a los soñadores. Cantó a las nebulosas, cúmulos de color y belleza cuasieterna en medio de la oscuridad infinita. Cantó a los anillos de hielo, a los cometas y planetas. Cantó a las constelaciones que habían hecho soñar a sus ancestros.

Cantó al romanticismo, a la aventura y al descubrimiento. Cantó a las fronteras quebradas, al conocimiento del hombre y al ligero parpadeo de su existencia en el universo. Cantó al infinito, a la eternidad.

Cantó a las estrellas, su destino.

Y con la voz a punto de quebrársele, cantó el último fragmento de la pieza por sus padres.

Y los aplausos eufóricos ahogaron la sinfonía del cosmos, en aquel silencio infinito que los separaba de cualquier rincón de vida en miles y miles de kilómetros, elevando a Vorga hacia los confines del firmamento.

Valió la pena por tener las estrellas.



P.D.: Mi más sincero respeto y agradecimientos póstumos a Fredric Brown, y su Las estrellas desafiantes. Porque ya huyó hace tiempo de este universo de locos.


1 comentario:

  1. Universo de locos, aunque yo creo que hay que estar un poco loco para vivir, para sobrevivir.

    Tal vez podrias cambiar el color del fragmento central porque me ha costado dios y ayuda poder leerlo (contando con que sin gafas veo menos que un pez frito), jejeje.

    Besos mágicos.

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