miércoles, 28 de diciembre de 2011

LEO-142

Tengo miedo.

Eso me dijo mi abuelo la noche que zarpamos. Bueno, esta noche. Bueno, no, hará ya cuarenta años de aquello. Pero puedo afirmar que no he vuelto a ver un amanecer desde que aquel "día" nos adentramos más allá de la órbita de la luna en dirección a la nebulosa de Cáncer.

Yo no tenía claro por entonces porqué nos íbamos. Escuchaba a mi madre y a mi abuelo hablar sobre industria, guerra, enfermedad, esclavitud. No recuerdo de la vieja Tierra más que estar jugando a la pelota con un niño con gorro de lana rojo cerca detrás del Hospital Público abandonado (que cerraron cuando mi abuelo era niño, de los últimos gratuitos para el ciudadano solía soltar en sus peroratas diarias).

Bueno, debía tener ocho años cuando escuché a mi abuelo decirle eso a mi madre, en voz muy baja, convencidos los dos de que dormía. Mi abuelo, el gran abuelo, tan fuerte y valiente, de duro carácter, que siempre nos había protegido. Tenía miedo. Yo también.

Fingí dormir para no perderme el momento en que aceleráramos. La nave dio un par de bandazos, y mi abuelo maldijo por lo bajo que los mercados no nos dejarían pasar de la órbita, peor mi madre le agarró la mano, me acarició los cabellos y tranquilizó al abuelo como si él también fuera su retoño. Ella era y sigue siendo la persona más valiente que he conocido. 

Por fin, conseguí vi por el gran ojo de buey las grandes minas de minerales de la luna. Me parecía increíble que de verdad alguna vez hubiera sido redonda. A lo mejor lo era cuando padre murió allí. Apenas puedo verlas durante un minuto. 

Hoy sé que fue en ese instante, pasada la frontera electromagnética de los dispositivos de seguridad de la Guardia Mercantil, cuando encendieron el motor de neutrinos y alcanzamos velocidades supralumínicas.

Hoy sé que aquel "día" una flota de 231 naves intentó escapar de la Tierra. Entre los disparos durante todo el trayecto hasta la luna, las naves que se perdieron o directamente se desintegraron durante el salto, las que sufrieron alguna avería grave a lo largo de estos años o las tripulaciones de las cuales se han suicidado colectivamente a causa de la desesperanza... Sólo queda esta.

Hacía años que no veía a mi madre tan animada. Casi parece que entiende lo que ocurre a su alrededor. No para de mirar el ojo de buey del camarote. Sabe que hoy hay algo especial que ver. Una gran esfera azulada eclipsando una blanca estrella. Nuestro primer amanecer en décadas. Terminó la gran noche.
Un nuevo hogar

Feliz año 2184, abuelo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Hijo de San Jorge

Érase una vez que se era, un hombre pegado a un escudo oxidado. En realidad era una caballero, mas no se sabía bajo qué emblema luchaba ni contra quién. Se deducía que luchaba porque iba armado, y no era un jinete libre porque lucía un blasón en el escudo. Pero tan oxidado estaba este que no se distinguía la heráldica. Apenas unos trazos se intuían.

Pero cayeron cuatro inviernos, durante los cuales todos los habitantes de aquellas angostas montañas se cruzaron alguna vez con el solitario caballero. Pocos tuvieron valor para preguntar a un desconocido armado sobre sus propósitos, pues no era de buen agrado para los dioses en general meterse en los asuntos de gente de armas. En realidad, los dioses castigaban por medio del hierro de los afligidos por la curiosidad.

Al caso, la máxima contestación que recibían los jornaleros por parte de esa armadura con patas fue que buscaba al único dios en esas montañas, pues en un sueño un ángel (personificaciones míticas de las escrituras sagradas cristianas) le señaló esa región y le reveló que su existencia solo tendría sentido allí, donde debería encontrarse con el Todopoderoso en persona para que le hablara.

Tildaban de loco al fanático, que quién sabía a ciencia cierta si no tiraría del hierro  a la mínima burla o negativa a su enferma búsqueda.

Diese el caso de que una noche tormentosa del séptimo invierno que pasó el caballero vagando por las montañas, cuan peregrino sin templo, cruzasen en su camino una veintena de salteadores, asesinando a la guardia de honor de la princesa de un reino de más allá de los bosques infinitos que desembocaban en las planicies, que venía al reino de las montañas para prometerse con su futuro esposo, y así gobernar juntos los dos reinos.

El caballero, al instante, recordando los códigos de caballería aprendidos eones atrás en su adiestramiento, desenvainó una espada oxidada después de años sin uso, y un escudo que casi se resquebrajaba por su propio peso.

Sea dicho que consiguió dar muerte a nada más y nada menos que a doce de los bandidos, plantándoles batalla durante más de una hora, tales eran su valor y fortaleza, antes de desfallecer, atravesado por varios puñales. Dígase para su mayor gloria, que sus armas apenas duraron enteras unos veinte minutos, y nuestro héroe continuó le refriega a golpe de cestus.

Sin duda, en aquellos instantes de desangramiento, viendo llegar a los refuerzos cabalgando tras los infelices pecadores, y la bella y agradecida princesa corriendo a salvo con ellos... en ese instante exactamente vio a Dios.

Tal era la belleza de su esfuerzo y dedicación, el sentido de toda su existencia, el sacrificio desinteresado por el prójimo en aquel valle de lágrimas, después de un retiro espiritual de siete años.

Vio al Creador, no en los ojos de una futura soberana, sino en las lágrimas de agradecimiento de una indefensa niña de quince años, que dedicaría el resto de su vida a servir al pueblo, para saldar su deuda con el cosmos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Colección de haikus propios I: Espada brillante

Una tortuga admira el cielo lluvioso
el lobo aúlla a la luna
y la ciudad ruge.

Dos rocas verdes al fondo del río
el anciano ermitaño encuentra la paz
y la muerte se le lleva.

¡Hierve! ordenó el terrateniente
los cuervos silban al festín
y la plata se derrama en carmesí.

El iluminado se reencarna
la tortuga instruye al viento
y se sirve la tempestad.

Venganza clama el pueblo
huyen los cuervos
pues la carroña se ha levantado.

El usurpador de la tierra
se remueve entre las cenizas
pues el arco de Om le ha alcanzado.

Los lobos dejan de aullar
hay una nuevo explorador en el bosque
surcará los vientos por siempre jamás.


La espada brillante que corta el viento de la primavera, apuntando al cielo

domingo, 27 de noviembre de 2011

El bueno de Korsakov

Tenía una buena portada, como decía mi abuelo.

Era el hombre más normal del mundo. Era serio, pero correcto y amable, incluso bondadoso cuando se le pedía ayuda. No llegaba a cascarrabias, pero tenía carácter. Tampoco hacía ruido. Puede parecer una tontería, pero aquel era un detalle fundamental. Le gustaban las cosas bien hechas, claras y el chocolate espeso (con unas gotas de miel en vez del acostumbrado café del almuerzo). No se retrasaba, excepto cuando había que acompañar hasta el coche a algún becario al que se le terminaba el contrato, al tiempo que le daba ánimos y le convencía con palmaditas en la espalda de que no era culpa suya, que estuvimos muy contentos con él, y que no tardaría nada en colocarse. Estaba muy comprometido con la juventud.

Ohh, y siempre tenia algo que comentar sobre arte en el ascensor. El museo municipal recibió muchas visitas de los empleados de esta empresa solo por su buena publicidad. Esos temas de conversación siempre eran mejor recibidos que la política y las desgracias diarias en países lejanos. Y era de agradecer que parara el ascensor cuando venías corriendo, eran esos pequeños detalles que te alegraban el día en la oficina.

Por eso nos extrañó tanto, señor comisario. Malos pensamientos, Dios nos ampare...

entintades.blogspot.com

viernes, 28 de octubre de 2011

Ser

Miau, dijo el gato.

Se sobresaltó, pues llevaba casi diez minutos sin escuchar a un ser vivo. Bueno, a un ser orgánico. Los coches que pasaban a algo más de cuarenta por hora a su izquierda también podían calificarse de "vivos". No sólo por el movimiento. Los veía acercarse desde el horizonte, cada uno con su color, su sonido de fricción con el aire característico, y unos rostros muy humanos detrás del cristal delantero. Tal vez esos cruces de miradas, uno al volante y el otro a pie, eran el detalle decisivo, el que daba esa chispa de ser a aquellos armatostes de acero con ruedas.

Miau, le contestó al gato. 

El idioma apenas importaba en aquellas situaciones. En aquellos ratos de retiro espiritual, volviendo a casa andando mientras bajaba la borrachera, con las neuronas aún más valientes de lo normal, en medio de la ciudad nocturna, el lenguaje universal invadía cada acto comunicativo, y la vida intercambiaba información a través de cada uno de sus receptores materiales.

Ese miau humano decía muchas cosas a la vez. Los ojos amarillos del minino callejero le miraron, reflejaron la luz de la luna en un parpadeo, y se fueron corriendo calle abajo.

¿O sería verdad aquello de que los gatos tienen poderes psiónicos?

domingo, 9 de octubre de 2011

El Jinete de las Tormentas

Esta es la maravillosa historia del mágico pirata que surcaba todos los mares habidos y por haber (y los que no había, nos los inventamos). Ducho aventurero en fantásticas gestas, fiestas y tropelías, gran bailarín, pícaro, embustero, sabio malandrín, rufián para los injustos, valiente ¡y por su honor que un excelso amante!

Esta es la historia del hombre que con tres saltos y un estofado de boquerones cambió el curso de un río, mató al Emperador del Valle de las Penas con una metáfora y, de paso, no se llevó a la princesa, sino a una cabra braquiosauria.

Primo lejano (y cercano en los momentos de llanto) de Tom Bombadil, que le enviaba todos los años por correo expresso urgente en un pegaso verde con una pegatina de "Muy Frágil" una caja de risas de niño que después él mismo repartía por todas las islas por las que pasaba (y el pegaso verde le invitaba a licor de avellana en los cumpleaños de sus hijos).

Le llamaban Ajenjo muy a menudo, Armengol en las islas de de los hombres-barracuda y Wend (All-in!) cuando ganaba a póker a los elfos de la Isla Pelada. Pero solo su madre sabía que en realidad se llamaba Segismundo Pancredo de Miguel.

Pero lo que es más impresionante de este héroe contemporáneo y espontáneo es su barco alado anfibio propulsado por pedo de duende (con olor a canela).

Y aquí, por fin, comenzamos su legendaria historia: Una oscura noche sin luna, metiéndole el dedo en el ojo a una tormenta de Informe de Ventas del periodo fiscal 2010-2011 de la sucursal 46B/z80, Departamento de...

Los pasos del jefe se alejaron por el pasillo de la máquina del café y, pasado el peligro, el triste oficinista volvió a soñar.


sábado, 8 de octubre de 2011

Gloria

¡Hacia la gloria! -gritaron mil gargantas al cielo.

La horda de armaduras negras marchaba a paso ligero, en perfecta formación de cuña, sin que sobresaliese apenas ningún soldado por los extremos, como si alguien hubiera metido cientos de hormigas en un molde de cristal.

La rabia impulsaba sus brazos y piernas en la marcha, esa la sed de venganza, ese furor que se desata por las venas cuando se sabe que correrá la sangre; eso era lo que los empujaba hacia el acantilado.

Y al fondo del acantilado les esperaba ella. La bestia legendaria que había engañado y torturado a tantos héroes a lo largo de miles y miles de años. Les llamaban Legión, porque eran muchos. La Legión pasaría a formar parte de las canciones. Los reinos temerían su leyenda, y los niños soñarían con ser como ellos a lo largo de las siguientes eras. Nadie podía vencerlos. Ni siquiera la bestia.

-Pero... ¿realmente nos ha hecho nada ese bicho?

La Legión paró en seco.

Después de la sonada paliza, la marcha siguió. Ahora otra voz distinta:

-Eso de lanzarnos por un precipicio para caer encima de una serpiente gigante que no nos ha hecho nada solo para hacernos famosos y tal... ¿No es un poco... no sé, raro?
-Eso decía yo antes... ¿Tiene esto algún sentido? -dijo el primer apalizado, y escupió un diente.

La Legión se detuvo.

Ahora dos cabezas decoraban la pica del general en la punta de cuña de la formación.

Y por coraje, ira, venganza, ego, soberbia, estupidez, por todas esas cosas les conocerían siglos después tras esa gesta. Ellos mismos lo llamaban gloria. Porque solo ellos tenían razón, solo ellos conocerían la verdad, y por ella luchaban. Sí...

Y el ejército se lanzó por el precipicio, como una manada de lemmings, apuntando con sus lanzas hacia el suelo para clavarse en el cuerpo del monstruo cuan avispones negros.

Y por coraje, ira y holocausto ante el rojo amanecer, murieron en los riscos. Por las canciones.

Y la serpiente, sonriendo, se mordió la cola.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El exilio

Abrí la puerta y otra horda de engendros se abalanzaron sobre ellos.

Dí cuenta del primero que travesó el umbral con un certero y rápido tajo en el pecho, y fue rematado por una flecha de Mirdin directamente en la testa. Al caer el cuerpo al suelo, entraron corriendo otros dos pertrechados detrás de sendos escudos redondos de robusto acero. Dí un par de estocadas de advertencia, pero apenas supusieron un par de rasguños en los reflectantes escudos, pero antes de que consiguieran echarse sobre ellos, Günter los aplastó con unos un par de potentes mazazos de su martillo y, indefensos, fueron aniquilados por mi espada de cristal élfico.

Con valor atravesamos el umbral de la puerta y salimos a una gran sala circular donde nos esperaba un fila entera de arqueros monstruosos de piel gris y escamosa, y tras ellos el malnacido mago que les había instado a asaltar su torre desde las almenas de esta horas antes. Sin duda el ascenso fue largo y duro, y nuestros cuerpos estaban amoratados y sangrantes, pero nuestras voluntades no tenían nada que envidiar a las montañas que les albergaban, y con varios rostros sonrientes en nuestros corazones y voces de amigos perdidos en la cabeza, nos lanzamos sin dudar a la que tal vez fuese su última batalla.

La de los orcos, sin duda.

Tras una dura escaramuza, arranqué de un tirón el Amuleto del Discernimiento del cadáver del hechicero orco. Tal como decían las leyendas, sentí como mis entereza y vigor crecían como la espuma la espuma de una cerveza fría recién escanciada, pero sus movimientos se volvieron más lentos. Una lástima lo del maná, pues como guerrero que era, no sabía ni le interesaba comprender ese tipo de poder, pero aún así le parecía un pequeño desperdicio de entre los dones que otorgaba el accesorio no poder aprovechar la magia.

No se lo iba a dar a su compañera Elena del Manantial, pues el último definitivo al brujo se lo dio él mismo, así que le correspondía el reparto del botín, cuan león líder de una manada.

Pero la hechicera elfa era pérfida y envidiosa, y no respetaba los juramentos. Al bajar de la torre, me sorprendió por la espalda con un conjuro paralizador, del cual no pude defenderme, y su poderosa bola de fuego acabó con mi vitalidad en un santiamén. Mientras tantos nuestros compañeros de aventura miraban sin inmutarse.

-Me llevo como premio el amuleto mágico y también todas tus pociones de curación. También exijo tu Anillo del Advenimiento.
-Tómalo todo, sucia bruja de orejas de punta. Pero juro que no volveré a compartir contigo una búsqueda, y recorreré todos los clanes de las bastas montañas del Hielo Eterno, y formaré una compañía de valientes para perseguirte como a la perra que eres y saciar mi venganza.

Dicho esto, con el corazón henchido de rabia, apagué el ordenador y me fui a la cama. Ya eran las 2, y a las 8 y media tenia clase en la facultad. El madrugón me sentó fatal y la sonrisa que me dedicó Elena al sentarse conmigo me terminó de amargar la mañana.

-¡Serás zorra! Cuando llegue al nivel 75 consiga la montura de grifo matamagos, te enterarás. ¡Nadie se burla de Krom el Sanguinario!
-Deja ya de friquear y enciendo el portátil, que ya ha empezado la clase.

miércoles, 27 de julio de 2011

El Caballero Tocino

Flan de miedo
ser del año que le pedimos al olmo
te dieron las de las brujas
y nunca digas de esta hiel no beberé

Espadas de desterrado al mar
luces en un horizonte de lumbrera
y clamor al firmamento
que al traidor, dale más pan.

Y pon la otra mejilla
que a pan duro, diente agudo
y te lances con decisión sobre la sombra triste
pues de tanto temblar, la asustarás.

Y ahora arremete con premura
deja de llorar
cabalgando en un cerdo,
callarás más risas de las que imaginas.

Que el valiente trae honor
y el sufrido trae mérito
y de la hiel de venganza derramada
germinan lirios.

lunes, 30 de mayo de 2011

Ánima

A ras de suelo morí
a ras del cielo se secaron mis ojos
a ras del viento mis oídos se cerraron
a ras de la tierra húmeda, mis dedos tiesos

Guárdate el pecho
un arpa de plata
se parten sus cuerdas a cada instante
y sus dedos se apagan

Clama con tu pecho a los cielos
clama a los vientos
clama a los mares y huertos
pues cuando la mente se va, solo el corazón se queda

Allá, a ras de las estrellas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Dragona negra

Vendrán tiempos oscuros
de hojas verdes oscuras
meciéndose al viento
al son de los hados.

Verás llamas en el firmamento
y los bosques de hierro sucio
llora un pájaro
se quiebra el cielo.

Y no sé porqué el vino no ayuda
se torna parduzco en mis dedos
enebro de anciana
y arrendajos blancos.

Verás dragones
de bosque y roca
oscuros cuan hojas al viento
y una dama negra...

Será que hilvanar
no es tan fácil como dicen
los registradores de hazañas
haciendo a los sabios sangrar.

Llega la muerte a los prados
y el sol muere de pena
al iluminar por última vez a sus hijos
la pródiga respira flama.

sábado, 21 de mayo de 2011

Space Opera

-¿...y le he contado la historia de esta otra?
-Sí, la de... ¿las borlas verdes? No, creo que n...
-De la campaña de Kronus. Verás, fue una historia graciosa, perdí a mi escuadra cerca de una baliza deshechada...
-¡Uy! ¡Qué tarde es! Lo siento, me ha encantado escuchar las maravillosas historias de tus condecoraciones, pero me esperan en el...
-¡Pero si iba a llegar a la parte del tyránido de dos cabezas!
-Ya, perdona, estaba ansiosa por escucharla, pero ya me la contarás otro día... Oh, creo que casi no dará tiempo, porque en pocas horas llegamos al planeta Bob, y... ya te llamaré.- Y dejando al joven veterano aún con la boca llena, se dio la vuelta, y de camino al comedor 3 se fue apartando los trocitos de gamba masticada del vestido.

La verdad era que odiaba esos viajes. Se veía obligada a entablar conversación con toda clase de militares machotes, maleducados, vanidosos y pusilánimes que lo único que querían era llevársela a su camarote unos diez minutos (seguro que tardaban menos en cagarse encima cuando disparaban a matar a alguna especie herbívora indígena de tantos planetas vírgenes que se dedicaban a arrasar en por de la "expansión") para luego presumir de otra medallita con sus amigos oficiales.

¿Pero qué podía hacer? Amaba su trabajo, y esa era una de las pequeñas pegas necesarias, pero que no llegaban a entorpecer la placentera satisfacción que sentía al trabajar en los cruceros espaciales más lujosos del sistema Centauri. Valía la pena calentarles la bragueta a unos cuantos niñatos con pistolitas láser con tal de cumplir su sueño.

De camino al Salón Magno, se cruzó con el mismísimo capitán rodeado de algunos de sus ingenieros, que la saludaron efusivamente mientras ella les derretía con un simple y vacío guiño del ojo inclinando el cuello hacia la izquierda y sonriendo (ese gesto era su seña de identidad, la pose que la engrandecía en los carteles y la propaganda de planetas enteros).

¡Mierda! Se había dejado los pendientes en el camarote. Torció corriendo por el siguiente pasillo, y se coló por los pelos en un ascensor a punto de cerrarse.

-¡Oh! ¡Michelle Vorga! ¡Qué alegría, yo y mi marido somos grandes fans! Ahora mismo nos íbamos al Salón Magno para...-el ascensor paró en la 17ª planta, y Vorga salió corriendo sin dedicarle una mirada a aquella anciana. No podía llegar tarde al Salón Magno.

Abrió de un golpe la compuerta del camerino, y revolvió toda la mesilla de noche buscándolos. ¡Y ahí estaban los pendientes! Unos sencillos aros de obsidiana barata que le regaló su madre hace ya casi tres años antes de despedirse en aquel espaciopuerto dejado de la mano de Dios. Y vio en el cajón una amarillenta página arrancada de aquel libro de Fredric Brown que le solía leer su padre de niña, con su fragmento favorito:

"Escapar... bien sabe Dios que necesitamos escapar de esta pequeñez. la necesidad de escapar ha motivado prácticamente todo lo que ha hecho el ser humano en cualquier sentido que no sea el de la satisfacción de sus apetitos físicos. Lo ha llevado por caminos extraños y sublimes. Lo ha llevado al arte y a la religión, al ascetismo y a la astrología, al baile y a la bebida, a la poesía y a la locura. Todas ellas eran formas de escapar, porque no conocía, hasta hace poco tiempo, la verdadera dirección de la huida: hacia fuera, hacia el infinito y la eternidad, lejos de esta pequeña superficie plana aunque redondeada en la que nacemos y morimos, de esta mota en el sistema solar, de este átomo en la galaxia.

Pensé en el futuro remoto, en las cosas que conseguiríamos, y descarté mis conjeturas más disparatadas por insuficientes. ¿La inmortalidad? Alcanzada en el decimonoveno milenio después de cristo y descartada en el vigesimotercero por haberse vuelto innecesaria. ¿La inversión de la entropía, para rebobinar el universo? Obsoleta tras el descubrimiento del nolanismo y la relación concurrente del calco de segundo orden. ¿Suena descabellado? ¿Y cómo le habría sonado la palabra cuántico, o el concepto de la transformación de materia en energía, a un neanderthal? Para nuestros descendientes de dentro de cien mil años somos neanderthales. Nuestras elucubraciones más desquiciadas se quedarían cortas antes lo que harán y lo que serán.

¿La estrellas? Sí, desde luego. Tendrán las estrellas.

Había anochecido.
-¿Qué hora es, tío Max?
-Faltan cuatro minutos.
Los focos se apagaron, y se extendió el silencio. Miles de personas que conteníamos la respiración.

Oh, Dios, Ellen, si pudieras estar aquí conmigo, contemplar el despegue de nuestro cohete. Nuestro cohete, pero más tuyo que mío. Moriste por él.

Aquí, esperando a oscuras, conteniendo la respiración, me siento minúsculo ante él y ante ti, ante el hombre y su futuro, ante Dios, en caso de que exista un dios antes de que la humanidad ocupe su puesto"


No sabía porqué se había parado a releer aquel pasaje con la prisa que tenía. Pero alguna lágrima se le derramó por el camino al Salón Magno. Y al abrirse las compuertas, los aplausos. Subió con paso digno y elegante al escenario. Y unas notas de cristal del piano la invitaron a comenzar.

Y cantó. Cantó con voz rotunda e inquebrantable, melodiosa y salvaje, cantó a su público, a aquella nave, a la colonización, a la guerra, a los pusilánimes y a los soñadores. Cantó a las nebulosas, cúmulos de color y belleza cuasieterna en medio de la oscuridad infinita. Cantó a los anillos de hielo, a los cometas y planetas. Cantó a las constelaciones que habían hecho soñar a sus ancestros.

Cantó al romanticismo, a la aventura y al descubrimiento. Cantó a las fronteras quebradas, al conocimiento del hombre y al ligero parpadeo de su existencia en el universo. Cantó al infinito, a la eternidad.

Cantó a las estrellas, su destino.

Y con la voz a punto de quebrársele, cantó el último fragmento de la pieza por sus padres.

Y los aplausos eufóricos ahogaron la sinfonía del cosmos, en aquel silencio infinito que los separaba de cualquier rincón de vida en miles y miles de kilómetros, elevando a Vorga hacia los confines del firmamento.

Valió la pena por tener las estrellas.



P.D.: Mi más sincero respeto y agradecimientos póstumos a Fredric Brown, y su Las estrellas desafiantes. Porque ya huyó hace tiempo de este universo de locos.


sábado, 14 de mayo de 2011

Sobre bardos, bufones y otras cosas rotas

-¿Así que quieres ser artista, chiquillo?- dijo el gordo hombre mientras se secaba la frente con una trapo bastante mugriento ya. -Pues sal a la palestra, y si lo haces bien, a lo mejor puedes volver mañana.
-Sí, señor.
-Y si lo haces mejor aún, un par de mendrugos de pan, y hasta un vasito el vino para bajarlo, ¿eh?
-Sí, señor.
-Pero que no te pase como al torpe de Timmy en la función del Día de Acción de Gracias. Tengo la sensación de que la señora Pevery me mira mal a través del parche, y me da miedo comprarle a ella el pescado, así que voy al puesto del señor Harris de la esquina con la 4ª de Winston, y desde entonces encuentro el doble de moscas secas en mi estofado.
-Sí, señor.
-Y ni se te ocurra tocar la del Oso Horroroso, las más populares son siempre para el acto final.
-Sí señor.
-Y llámame Hank. Sólo mis aprendices me llaman Señor.
-Sí, Hank.

Un grumillo de merengue salpicó el amarillento bigote de morsa de Hank, lo cual indicaba que había terminado ya el número de Milly (con catastróficas consecuéncias en los vestidos de la primera a la cuarta fila), y auguraba un público difícil para el del sigueinte turno.

-Ve chico, te toca.
-Sí, Hank.
-Y sonríe un poco hombre, piensa en los festines que te darás esta noche y el resto de la gira hasta Londres si haces que se rían después de la decepción de las tartas.
-Sí.

A Hank le daba lástima el chiquillo con cara de palo. No dependía de él llevárselo o no con ellos en la gira, pero ya le había costado mucho conseguirle una oportunidad, teniendo como único abal su amistad con sus muy recientes difuntos padres. No podía llevárselo con él, y eso era lo más triste, que se sentía responsable de que ese niño muriera de frío y hambre en la calle en menos de un mes.

Nunca le había visto actuar, pero se olía a leguas, con sus paros inseguros y erráticos, su mirada perdida y sus escuetas contestaciones que lo único que iba a inspirar en el público sería vergüenza, o muchísimo peor aún en el mundo del espectáculo... lástima.

Y la bella Hanny salió por enésima vez al escenario a lucir escote mientras presentaba la muerte ya anunciada de un número del cual solo sabían que el chiquillo había titulado Chapoteo.

Se hizo la oscuridad. Se encendió un foco que cegó a un espectador de la segunda fila al reflejar en las monturas del chico. Éste se arrodilló sobre las tablas de caoba seca y abrió un fardo sucio y agujereado. Sacó una bellísima flauta de plata, una serpiente de juguete echa de piezas de madera unidas por visagras y engranajes que permitían que ésta "serpenteara" y una rosa de papel.

Se introdujo la rosa en el bolsillo de la pechera de un raída chaquetilla, dándole un toque de señor de la gran manzana (mucho menos glamuroso). Y dio comienzo el espectáculo.

Mediante una conveniente e inteligente sistema de hilos y palos muy finos enganchados a sus codos y rodillas, el chiquillo convirtió a la serpiente de piezas en una ingeniosa marioneta. Cogió la flauta de plata, y tocó una melodía lenta, triste y melancólica, que parecía dar caricias cristalinas en los mismos corazones de los comensales. Y al minuto la serpiente empezó a despertarse.

Se tambaleó al compás de los ahora frenéticos y patizambos movimientos de las articulaciones del niño, marcando un extraño contraste entre la bella sinfonía, la danza de la serpiente y la suya propia.

De repente, la música cambió. Ahora la flauta tronaba ira, ímpetu y odio con notas rápidas pero graves, al son de una serpiente que ahora se mecía suavemente sobre el borde del escenario, invitando a los espectadores a acercarse a ella, y el niño bailando cual caña de bambú a merced de la brisa veraniega.

Y el reptil de madera se enroscó alrededor de su cuello, liberada de ya de sus ataduras de titiritero. El niño se desplomó después de forcejear e intentar arrancar a la serpiente de su pescuezo con todas sus fuerzas, al tiempo que espectadores y actores observaban petrificados algo que no podían creer. Y en un último aliento, el chiquillo agarró la flauta con un solo brazo y sopló muy fuerte durante varios segundos, obstruyendo los agujeros adecuados para que sonara una nota muy grave, semejante al último tañido de un elefante camino del cementerio.

Y la rosa de papel de su solapa estalló en llamas. Y sin necesidad de hilos, la serpiente se cubrió de ascuas alejándose del niño hacia el límite del escenario, preparada para arremeter contra las damas de la primera fila, cuando...

Se cerró el telón.

Y a los diez segundos volvieron a abrirse los pesados velos de terciopelo rojo, y el lastimero chiquillo, con una sonrisa de oreja a oreja, hizo una reverencia al público, con la flauta en una mano, y la serpiente agarrada por el pescuezo en la otra.

Y después ese atronador sonido que llena de júbilo el corazón de actores, malabaristas, bailarines y payasos. La ovación. El apogeo del trabajo bien hecho y de decenas de almas gozosas y agradecidas por el esfuerzo bien llevado.

Los aplausos.

Y al día siguiente, Hank, antes de despedirse de aquel salón de espectáculos que había vista el nacimiento de un gran artista, cogió una rosa de papel desconcertantemente no chamuscada del suelo, se la puso en el sombrero, y anunció:

-Chico, recuérdame que cuando lleguemos a la capital, te enseñe el número de la tortuga y el mimo.
-Sí, señor.