sábado, 29 de septiembre de 2012

Encélado Park

Qué tortura de trayecto. Los niños gritando y correteando por la cápsula, peleándose por una gorra que el mayor decía que le había quitado el pequeño, pero que en realidad habían cogido de la papelera de la estación. Y ella leyendo cotilleos en la pantalla de la pulsera, pasando olímpicamente de todo, como siempre.

Y encima todo ese viajecito lo pagaba él, por supuesto. Era un regalo de su mujer para él y para los niños, pero un parque de atracciones solo lo iban a disfrutar los niños, y encima el dinero de su mujer provenía de la asignación mensual que él le daba para sus caprichos, así que indirectamente él había pagado para pasarse un fin de semana con los niños correteando lejos de su sofá de masaje láser...

Se hartó, les pegó un grito a los niños, y se se sentaron dócilmente junto a la madre. El resto de pasajeros, que antes no le miraban, ahora lo hacían como si él fuera la primera atracción del parque.

Entonces la cabina empezó a pitar, se activaron automáticamente los flujos de autogravedad de seguridad  de los asientos, una voz electrónica en otro idioma empezó a soltarles seguramente alguna perorata sobre seguridad en viajes extraorbitales y protocolos de emergencia en caso de accidente.

Entonces se abrieron las planchas metálicas que tapaban los cristales de la cápsula. Solo se veía un gigantesco anillo de hielo, y en el interior de éste, las estrellas desafiantes. Estaban en el interior de...

WELCOME TO THE BLIZZARD VULCANO. WE HOPE YOU ENJOY YOUR VISIT.

Y la cápsula fue disparada en medio de una erupción de agua y hielo hacia el espacio, a varios cientos de kilómetros por hora, entre destellos de cristales y estrellas, hasta el infinito y más allá.

Fue la primera vez en muchos años que su mujer lo vio reír, y volvieron al parque todos los veranos durante muchos, muchos años, con y sin los niños, con y sin los nietos.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Balada para el Señor Oso

Fue el vestido.

El vestido verde claro, ondeando presa de la brisa fresca y suave de aquella noche griega. Fue el culpable de todo. Y también el pelo. Esa dulce melena castaña, que parecía lanzar destellos al reflejar la luces de la plaza. También fue culpable. No, no, no, fue la risa. Una canción en sus pulmones, de cascabeles y campanas de cristal, viento de abril por su garganta. Sí, puede que la risa tuviera la mayoría de la culpa.

La falda volvió a ondear. Esta vez no sintió el viento en su cara. El aire estaba quieto, congelado, paralizado, expectante. Pues ella se puso a bailar, y ni siquiera el viento quiso perdérselo. No pudo evitarlo, y se acercó un poco más, para ver mejor. Y vio mejor, unos labios rojos como la sangre, como el fuego, pasión. Y el bailar. Su forma de bailar, era como ver al viento mismo cabalgar sobre el tañido dulce de un piano, agudo, suave, salvaje, tierno y excitante. No, jamás se decidió sobre si fue su risa o su baile.

Pero el Señor Oso se enamoró, y le echó valor, y se acercó más, y más, y entró a la plaza, y la gente se apartó, y oyó gritos, y se paró la música, y ella, ella, ella le miró, le miraba a él, y él intentó ser dulce, intentó ser amable, le tendió el brazo para bailar...

Y ella le dedicó la sonrisa más bonita del mundo. Le agarró de la zarpa, y bailaron sin música, solo con el viento y el oleaje de las islas del pensamiento, y la música volvió a sonar en algún momento, pero ya pasaron siglos hasta que ellos dos se dieron cuenta, pues volaron más allá de las estrellas, las galaxias, los arco iris y las penas, donde los barcos florecen y las flores lloran cristal, y pocos lo recuerdan ya, pero esa noche fueron canción.

Y la gente de la laza se fue a casa muchísimo antes de que terminasen de bailar, pues era una noche fría para ser abril.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Hotel de mil estrellas

Tengo un amigo que estuvo en un hotel de mil estrellas. Juró que fue el más bonito en el que estuvo jamás en su vida, el más bello, el más brillante, el más inmenso. Decía que podías darte una vuelta por donde quisieras, hasta cambiarte de habitación y echar el sueño al lado de otro viajero. Se podría decir que pertenece a una gran cadena hostelera, pues puedes encontrar una sucursal en cualquier continente, en cualquier país. Es una cadena bastante antigua además, pero fiable, clásica incluso.
Y lo más sorprendente de todo es que ¡no era caro! Juraba y perjuraba que era el hotel más barato del mundo, y del que mejores recuerdos te llevabas. Podías estar en él una noche o pasarte un mes entero a la bartola, admirando el lugar, solo preocupándote del sustento alimenticio.

Mi amigo dormía bajo las estrellas, a veces con saco, a veces sobre la hierba, a veces abrigado, a veces casi desnudo, a veces con una mochila más grande que él, a veces sin nada más que lo puesto, a veces acompañado, a veces solo con sus pensamientos. Siempre con alguna canción en el corazón, y el silencio también es una.

Mi amigo soy yo, porque después de tantas noches frente al infinito tapiz de azul y plata, me hice muy amigo mío, el mejor de todos, porque me conocí, me admiré, me odié, me perdoné, me enseñé, me acepté.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Ataúd de segunda mano

El traje era de calidad, eso seguro. Era hecho a medida, se notaba por lo ceñido que iba al cuerpo, destacando los hombros y la zona de los pectorales, apretándose por la zona de la cintura para acentuar la figura del portador. Tenía bastante clase, de ese color gris plateado tan moderno y rayas negras verticales muy final que decían algunos que daban sensación de altura a quién las miraba. Y los zapatos. Negro reluciente, hacías bellísimas las llamas del mechero al reflejarse en ellos. Por supuesto, los zapatos hacían juego con unas gafas de sol de esas de policía motero americano que tanta autoridad daban. Y con la corbata, con un broche de cristal claro enganchado que resaltaba como una estrella en medio de un océano de ébano líquido.

Y la flor, qué decir de la flor. Era el toque vital de estilo que coronaba una combinación de por sí espléndida, fabulosa y clásica. Roja como la sangre, en la solapa izquierda de la americana del traje, justo sobre el corazón, parecía una extensión de éste, como un brazo que estirara para agarrar aquello que deseaba del mundo terrenal, o atraerlo hacia sí con ese color tan vivo y esos pétalos tan grandes, tan salvajes.

La camisa era blanca. A veces la sencillez es más que suficiente.

Todo esto, en conjunto, hacía del individuo que llevaba un traje un completo señor, un caballero, un gentlemen como decían en las altas esferas.
Sin duda era preferible compartir espacio con aquel elegante huesudo a que Don Carbonara hubiera elegido la tumba de algún patán jornalero para que liquidara su deuda. La llama del mechero empezó a reducirse, la luz fue atenuándose, y con ella, el oxígeno.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Los hijos del viento

El invasor tomó la ciudad, con crueldad y ensañamiento, y después de incendiar los establos del reino de los jinetes y espantar y dispersar a sus caballos hacia las infinitas llanuras, entró al castillo, con el llanto del acero frío retumbando entre los pasillos y las bóvedas. Quiso sentarse en el trono. Pero en la sala de audiencias solo estaba el príncipe destituido.

-Aquí solo hay mierda de caballo. Dime dónde guardáis la dichosa silla de vuestros reyes, porque quiero sentarme después de la dura batalla, y presenciar desde ahí como cercenan miembros a tu pueblo.
-Jamás poseerás este reino. Porque no eres uno de nosotros, y solo alguien que pertenezca a este pueblo puede sentarse en el trono. Solo podrá gobernar quien conozca las infinitas llanuras de hierba, los ríos y las colinas, alguien que sienta el latir del sol en los atardeceres mirando más allá de las montañas bañándose en la dorada luz del sol, alguien que escuche las canciones del viento en sus, no con sus oídos, sino con su corazón mientras cabalga bajo la luna de plata. Somos un pueblo libre, como los caballos, dioses de la voluntad de avanzar hacia donde uno desee. El amor a los caballos es un camino, no hacia la sabiduría, sino a través de ella, y hacia ninguna parte o hacia todas, allá donde el corazón del pueblo libre ansíe llegar. Por eso nunca, escúchame, nunca podrás gobernarnos, porque no nos conoces, y sientes lo que sentimos, no conoces a los caballos, no conoces la libertad y por eso nos la quieres arrebatar.
-Si esta es la sala de audiencias, ¿dónde está el maldito trono?
-Se fue.
-¿Cómo que se fue...? No me vengas con adivinanzas orientales o te cortaré otro dedo!
-Pues somos un pueblo libre, un reino libre, un rey libre y... un trono libre. El trono de nuestro señor legítimo es una silla de montar, la cual va sobre un caballo de linaje... un caballo al que soltaste y espantaste cuando tomaste a fuego y acero el castillo e incendiaste nuestras villas. ¡Ahora el trono sin el cual este pueblo jamás te obedecerá vuela libre hacia dónde le lleve el viento, porque es nuestro trono, el trono del pueblo, y como tal nos representa!

Entonces el joven rey murió. Y el malvado invasor, después de varios meses de intentos de tiranía, se fue por donde había venido. Porque no podía domar a un pueblo que solo podía tener por cadenas la gravedad que los ataba al suelo y el tiempo que se les había dado en la tierra. Se fue y no volvió, porque nadie le obedeció, aún cuando diezmó a la población a base de hambre, torturas y ejecuciones.Porque ese pueblo era un ser, un ser libre, que decidió que aquel no era su gobernante legítimo, y así fue.